miércoles, 17 de septiembre de 2008

Por qué ha triunfado Evo Morales en Bolivia-Edmundo Paz Soldán


Éste es un artículo escrito por Edmundo Paz Soldán, escritor boliviano en diciembre de 2005 antes que Evo Morales asumiera la presidencia en Bolivia.

Fuente:

Diario El País de España. (es un documento pdf).
En 1993, Bolivia eligió a su primer vicepresidente aymara, Víctor Hugo Cárdenas.
Feliz por la cobertura positiva que se le había dado a Bolivia esos días, llegué de
vacaciones a Cochabamba dispuesto a celebrar la buena nueva con mis
compatriotas. Debíamos estar orgullosos de un líder indígena que hablaba seis
idiomas y tenía un doctorado de una prestigiosa universidad francesa. Recuerdo,
sin embargo, mi sorpresa al descubrir que para buena parte de la clase media a la
que yo pertenecía, la elección de Cárdenas como acompañante de fórmula de
Gonzalo Sánchez de Lozada -en su primer gobierno- era una mala noticia. Un
domingo me enzarcé en una discusión con mi tío, quien me dijo: "¿Te imaginas si
le pasa algo a Sánchez de Lozada? ¡Vamos a tener a un indio de presidente!". En
su tono se condensaba todo el horror de una clase social muy poco dispuesta a
aceptar los cambios estructurales que comenzaban a sacudir al país. Le dije a mi
tío que no veía nada malo en el hecho de que un representante de la mayoría
gobernara el país por primera vez. "Si eso ocurre, ahí te quiero ver", respondió.
"Haré mis maletas, y seguro nos encontraremos en el aeropuerto".


Recuerdo estas cosas ahora, después de las históricas elecciones presidenciales
del pasado domingo, en las que un candidato aymara, Evo Morales, ha triunfado
de forma contundente. Hace poco desayuné con ese tío que más de diez años
antes se había escandalizado ante la sola idea de que un indio fuera presidente, y
le pregunté qué pensaba de Morales. Me dijo que no comulgaba con sus ideas,
que Estados Unidos le iba a poner trabas por todas partes, pero que al menos los
preceptos más fuertes del ideario indígena eran "no robar, no matar, no mentir",
y que con Evo se acabaría el robo descarado al erario nacional que había
caracterizado a los gobiernos democráticos de los últimos veinte años. Le recordé
lo que me había dicho tiempo atrás sobre Cárdenas, y le pregunté qué era lo que
había cambiado en el país. Me dijo que ahora teníamos experiencia acerca de lo
que habían sido los gobiernos de los partidos tradicionales: corruptos, carentes
de una visión nacional. Para él, el desgaste de esos partidos tradicionales
justificaba plenamente el ascenso de Evo. Ese ascenso no era tanto una virtud de
Evo, sino el resultado de la debacle económica a la que Sánchez de Lozada y otros
presidentes neoliberales habían conducido al país.


En las palabras de mi tío encontraba un eco de lo que mi padre me había dicho
en agosto de 2002, al ver por la televisión, admirado, al 30% de los
representantes del nuevo Parlamento de extracción indígena: "Los indios son el
60% de la población; algún rato les tiene que tocar". Nuevamente, no se trataba
tanto de los logros de Evo, sino de una suerte de predestinación histórica: Evo
aparece en el momento adecuado, cuando el país se encuentra lo suficientemente
maduro como para asumir la idea de un presidente indígena (el proceso
histórico, en este caso, primero fue muy lento -más de un siglo y medio-, y luego
se aceleró bruscamente: tan sólo hace diez años la posibilidad de un indio
presidente era muy resistida en el mundo urbano, y prácticamente no existía en
el mundo rural).


En ese "algún rato" de mi padre se expresaba el hecho de que un sector de la
clase media tenía cierto sentido del momento histórico que vive Bolivia. Mi padre
recordaba, en su infancia cochabambina en la década del cuarenta, a los pongos,
esos indios condenados a la más humillante de las servidumbres. Las familias de
la élite regalaban pongos a sus hijos, para que éstos se encargaran de todas las
necesidades de esos chiquillos privilegiados. Los pongos debían dormir en el
suelo, junto a la puerta de la habitación del señor al que servían, por si a ese
señor se le ocurría despertarse a las tres de la mañana y pedir un vaso de agua.
Eran los pongos quienes se encargaban de traer entre sus manos el excremento
de llama tan necesario para crear un buen fuego en la cocina.


Un sector de la clase media y de la élite observa el proceso histórico boliviano de
la misma manera en que lo hacían el Príncipe Fabrizio y su sobrino Tancredi en
El Gatopardo. En esa gran novela de Lampedusa, ambientada en la Sicilia de
1860, estaba claro que la aristocracia debía ceder sus posiciones ante la
inminente unificación de Italia; el triunfo de Garibaldi significaba también el
triunfo de las clases populares. El príncipe miraba todo con escepticismo, aunque
sabía que su clase había fracasado estrepitosamente; su sobrino, admirador de
Garibaldi, trataba de sacar partido de la nueva situación bajo la égida de la frase
"algunas cosas deben cambiar para que todo permanezca igual". Así, mi padre y
mi tío representan a los que no votaron por Evo pero entienden por qué el líder
aymara ha triunfado, y tengo amigos empresarios que, como Tancredi,
proclaman su apoyo a Evo Morales. Mi cuñado, gerente de ventas de una
empresa de alimentos, me dice que votó por Evo porque así se evitarán los
bloqueos salvajes que paralizaron la economía del país e hicieron caer a dos
presidentes en los últimos dos años. "Para que se acaben los bloqueos, hay que
votar a los bloqueadores", me dijo con una sonrisa, orgulloso de su manera tan
astuta de entender las cosas.


Si un sector de la clase media y de la élite se acomoda a la nueva realidad, y otro
sector -los intelectuales de izquierda, los universitarios- cree genuinamente que
sólo Evo puede garantizar el verdadero cambio en el país, otro sector mira todo
ese proceso con miedo (a veces, en la misma persona, se pueden encontrar el
acomodo, la admiración y el miedo al mismo tiempo). La campaña de Tuto
Quiroga, el ex presidente y gran opositor de Evo, explotó al máximo ese temor;
sus spots televisivos sugerían que con Evo en el poder se perderían fuentes de
trabajo, se estatizaría la economía e incluso se cambiaría la bandera nacional por
la wiphala (la bandera de los aymaras). Quiroga también señaló que la amistad
de Evo con el presidente venezolano Hugo Chávez sólo le traería desgracias a
Bolivia. No han faltado los editoriales acerca de la inevitable "chavezación" del
país, y en los barrios residenciales se escuchan conversaciones de gente que está
segura de que Evo ordenará la confiscación de la propiedad privada, expropiará
las tierras de los grandes hacendados, y les cortará el cuello a los dueños de
fábricas y a los gerentes de banco.


Por supuesto, el temor de buena parte de la clase media y la élite no se debe sólo
a las razones coyunturales que explotó la campaña de Tuto. Las razones son de
larga data y tienen que ver con traumas y culpas anidadas en lo más profundo del
imaginario criollo. Se trata, por así decirlo, de la inevitable venganza del pongo.
Los abusos a los que ha sido sometido el indio desde la colonia deben
desembocar en una "guerra de las razas". El aymara Túpac Catari se sublevó hace
más de dos siglos y sitió La Paz durante casi un año entero; Catari fue apresado y
luego descuartizado por caballos que jalaron en direcciones opuestas. Dicen que,
antes de morir, Catari dijo: "Volveré y seré millones". Para muchos, el retorno ha
comenzado. Son millones; Evo es apenas la punta de lanza. Buena razón para no
haber votado por Evo. O para haber votado por él.



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