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domingo, 4 de julio de 2010

Para entender un poco más lo que pasa con la policía en el país-Bariloche es la Argentina

Fuente Página 12

Por Mario Wainfeld

Los terribles acontecimientos de Bariloche son conocidos por el lector de este diario; se los reseñará velozmente para encuadrar el tema. Darío Bonnefoi, un adolescente, fue asesinado por la policía local en un episodio de gatillo fácil. Las protestas de los pobladores de la zona humilde donde moraba la víctima fueron ferozmente reprimidas, resultando asesinados Nicolás Carrasco (otro menor de edad) y Sergio Cárdenas.

Un juez garantista y respetable, Martín Lozada, comenzó la instrucción y fue desplazado prestamente de ella por una Cámara que tiene espantosos pergaminos, entre ellos la victimización judicial de una mujer que había realizado un aborto permitido. Otro magistrado, Miguel Gaimaro Pozzi, recibió el encargo y le tomó indagatoria al cabo Sergio Colombil, quien disparó contra Bonnefoi. Colombil declaró que se le cayó la cartuchera, que se le escapó un tiro. Ya se sabe qué tremenda puntería tienen las balas perdidas en la narrativa policial.

El gobernador de Río Negro, Miguel Saiz, se manejó como si lo fuera de Arkansas. Mantuvo distancia física e institucional por demasiados días, recién el jueves pasado consideró interesante costearse hasta Bariloche. Concedió una penosa conferencia de prensa que incluyó patoteadas a los asistentes que no le agradaban y agresión física a la cronista de Clarín Candelaria Schamun, entre otros.

Muchos vecinos de Bariloche defendieron el accionar policial y protagonizaron marchas de adhesión, acompañadas por patrulleros que desfilaban en triunfo.

Hasta ahí, en orden de aparición y de responsabilidad, los principales y directos culpables de sucesivas violaciones de derechos humanos: la Policía, el Ejecutivo y una facción dominante de los tribunales provinciales, ciudadanos que se movilizan en defensa de lo indefendible.

Observadores mucho más calificados que el autor de esta columna describen un cuadro social que no es único en el país pero que, a su ver, cobra relieves muy marcados. Se trata de una grieta social, expresada geográficamente entre el Alto y el Bajo, las zonas que dividen en clases a una ciudad que siempre fue hermosa y que en los últimos años prosperó enormemente al calor del turismo y la resurrección de industrias regionales. La politóloga María Esperanza Casullo, bloguera y patagónica ella, hizo una notable semblanza en una columna publicada el 23 de junio en Página/12.

Los crímenes tienen, pues, su especificidad penal y geográfica. Y sus responsables centrales ya señalados: la fuerza de seguridad, el Ejecutivo y el Poder Judicial rionegrinos.

Esto subrayado, el cronista desea sugerir que, tal como sugiere un vistazo al mapa nacional, Río Negro no es una isla. Y que los acontecimientos distan de ser una flor exótica. Y, además, que son un desafío y un problema nacional. Veamos.

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El nudo gordiano previo y ulterior a los hechos no es novedoso ni data de este siglo. Se remonta a décadas y sigue irresuelto. Hablamos de la decisión, extendida en casi todas las provincias, de resignar el control y la autoridad políticos sobre la policía. En estos años, son flagrantes los ejemplos de Mendoza y Buenos Aires, denunciados reiteradamente por organismos de derechos humanos.

Buenos Aires conoció un intento denodado e inconcluso de revertir la tendencia, cuando se confió a León Arslanian la cartera de Seguridad. Luego se produjo una regresión autoritaria, largamente denunciada en este medio. La idea de dejar a la Policía su autogobierno, con la peregrina fantasía de pactar una suerte de gobernabilidad del delito, ordena la gestión del gobernador Daniel Scioli. El mendocino Celso Jaque también recae en ese vicio.

Saiz es un radical K, Jaque y Scioli revistan en el Frente para la Victoria. La pésima praxis no es monopolio de esa coalición política, muy visible porque comanda más territorios. Sin ir más lejos, la impunidad de la policía brava de Mendoza ha sido una constante que atravesó a sucesivos gobiernos peronistas y radicales, en una provincia caracterizada por una inusual alternancia bipartidista.

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Otro ejemplo, poco conocido en la cabeza de Goliat, incumbe a un gobierno peronista federal. Es el secuestro y desaparición de Iván Eladio Torres, ciudadano chileno radicado en Chubut. Torres fue detenido por tres policías en octubre de 2003, cuando contaba 26 años. Desde entonces está desaparecido. Un testigo que fue detenido junto a él, Dante Camaño, fue asesinado en 2005. La misma infausta suerte le cupo a David Alberto Hayes, quien estaba preso en la cárcel a la que fue a parar Torres y presenció cómo fue golpeado hasta desmayarse. Hayes fue asesinado en la alcaidía donde estaba detenido en enero de 2005.

El caso está indescifrado, la desaparición subsiste, hay denuncias de familiares de Torres de haber sido detenidos y amenazados. Una de sus hermanas, Tamara Bolívar, denunció haber sido violada por personal policial chubutense.

La madre de Torres, María Millacura Llaipén, se presentó ante la Comisión Interamericana de Derechos humanos. Esta exigió al gobierno argentino que tomara todas las medidas necesarias para proteger la integridad física de los demandantes y los testigos del caso. El trámite pasará como demanda a la Corte Interamericana de Derechos humanos. Parte del procedimiento es reservado, por lo que no es posible informar con certeza si ya se presentó la demanda, pero hay datos extraoficiales que indican que es así.

Si el trámite avanza y, como lo indican varios precedentes, prospera habrá una condena contra el Estado argentino, no contra la provincia gobernada contingentemente por el peronista federal Mario Das Neves. Se trae a colación el ejemplo para señalar las responsabilidades indelegables del Estado nacional en el derecho internacional vigente.

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El caso Torres enseña también que las más divulgadas desapariciones de Julio Jorge López (que seguramente tiene otros autores materiales) y la de Luciano Arruga en Lomas del Mirador son la parte visible de un iceberg.

No nacen de gajo, ni del azar. Suceden en un contorno de múltiples y crecientes falencias del sistema de seguridad y la Justicia penal. Presos sin condena que se hacinan en cárceles hediondas, sujetos a malos tratos y apremios. Brutalidad policial en todos los distritos. Detenciones sin orden judicial, inclusive de menores. Pésimas condiciones de los institutos de menores. La nómina no es exhaustiva y forma parte de las severas observaciones del Informe presentado por el Comité de derechos humanos de las Naciones Unidas, hace poco más de un mes. Bien mirado, el informe no trasunta “apenas” la persistencia de un problema crónico, sino retrocesos respecto de standards alcanzados durante los propios gobiernos kirchneristas. Seguramente incide, por su población e importancia, el desmadre de la provincia de Buenos Aires a partir de 2007.

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Ninguna provincia está exenta, ni siquiera la Ciudad Autónoma, donde la Policía Metropolitana hace su bautismo de fuego a puro palo y violencia.

Contra lo que reza cierta leyenda, que tiene cultores en el gobierno nacional, la Policía Federal no es un contraejemplo. Penden sobre ella, entre otras, enormes sospechas por la muerte del pibe Rubén Carballo, quien se dirigía a un recital en Vélez. La Federal aduce “muerte dudosa” y así se caratula el respectivo expediente. La familia y testigos directos hablan, más verosímilmente, de brutalidad policial seguida de homicidio. Testigos presenciales y filmaciones difundidas por tevé comprueban que ese día la Federal golpeó a mansalva a muchos asistentes, jóvenes, cual es su predilección.

Las pericias dictaminan que Carballo, que atravesó una larga agonía, tuvo un hundimiento de cráneo compatible con golpes producidos con un objeto romo, como un bastón policial.

El fiscal de la causa cavila porque las lesiones también podrían ser compatibles con una caída desde una pared, tal la versión policial. Esas teorías chocan contra la estadística y el costumbrismo: en estas pampas, suelen ser falsas y autoexculpatorias. El expediente avanza a tranco lento. No se han producido sanciones o desplazamientos de los policías que intervinieron en el operativo, que derivó (en el mejor de los casos) en una golpiza colectiva de aquéllas. La responsabilidad penal es lenta y supeditada a la presunción de inocencia. En las responsabilidades políticas o de gestión, la carga de la prueba debe matizarse, cuando no invertirse.

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En todas partes se cuecen habas, pues, y de eso se trata. La tragedia acecha, tragedia en estado puro, porque se trata de desenlaces previsibles por estar predeterminados o (por la parte baja) facilitados.

Enunciado –a sobrevuelo– el contexto, volvamos a Bariloche. La empiria comprueba que la policía se desmadra si se la autonomiza del poder político. Y que una vez producidos los crímenes, estos suelen quedar impunes si los poderes políticos no toman las riendas. El ejemplo de Torres alerta acerca de una obviedad: el Estado argentino es el responsable primero de la vida de los habitantes del país y de la vigencia de los derechos humanos. Ningún gobierno que cumpla su deber puede desligarse de ese deber para evitar “costos políticos”.

Saiz es un radical K, que podría volver al redil de la UCR en tiempos cercanos. Esa condición de bisagra es una fortaleza, en el actual escenario: el oficialismo lo preserva o al menos no lo pone en entredicho. Los radicales no pondrán en la picota a un correligionario que cualquier día puede ser el hijo pródigo. Los peronistas federales, ya se dijo, están también limitados para mover ese avispero.

Las reacciones de “la gente” de Bariloche, sus clases medias o altas, también influirán en la pasividad por su potencial comportamiento electoral.

Un supuesto federalismo, mal entendido, es otra pieza del afrentoso rompecabezas. Llama la atención que apele a él el actual Ejecutivo, genéticamente intervencionista. Ministros y secretarios de todo pelaje, siempre dispuestos a debatir una frondosa agenda nacional o provincial, han mantenido un sonoro silencio sobre Bariloche. Ese silencio, en la práctica, amuralla y protege a los taitas locales, la policía y los jueces que la apañan. La Secretaría de Derechos Humanos debería rever su pasividad y silencio de estas semanas. Muchas acciones pueden imaginarse, aunque más no fuera ponerles el cuerpo a los familiares de las víctimas y “hacer número” ahí donde la puja es dispar y brutal. El gobierno, Poder Judicial y los uniformados rionegrinos juegan de local contra sus pobres ciudadanos. Si hubiera marca cuerpo a cuerpo, estarían constreñidos a atenuar su desparpajo, gozarían de menos margen de maniobra. Desde el asesinato de María Soledad Morales en adelante, es consabido que la nacionalización de crímenes cometidos restringe la impunidad local.

El kirchnerismo es hiperactivo en los tribunales, en los medios, en la presencia pública. El bajo (nulo) perfil en Bariloche es una contradicción que no le hace honor.

La inseguridad es una polémica central en el Agora. La atención suele centrarse en los trágicos casos de víctimas de delincuentes, dignas de respeto, empatía y protección. Pero, a más de un cuarto de siglo de reinstauración de la democracia, la mayor inseguridad deriva de violaciones de derechos humanos cometidas por fuerzas de seguridad. Interpela a la “clase política” a hacerse cargo. En lo inminente, compensar la asimetría que se ve en Bariloche; todavía se está a tiempo. En lo estratégico, avanzar con el Acuerdo por la seguridad democrática, una propuesta transversal, pluripartidaria y bien pensada, sin facilismo ni cortoplacismo.

Fuente Página 12


Algo más sobre Bariloche:

domingo, 27 de junio de 2010

Bariloche-La "Mala Fama" viene de lejos...


Fuente Página 12.


“La mala fama les viene de lejos”

Muertes en calabozos, “innumerables” casos de apremios ilegales, golpes, balazos... la lista compilada por la defensora Ana Piccinini en apenas cuatro años muestra que los muertos de Bariloche son apenas el último abuso.

Por Carlos Rodríguez

Desde San Carlos de Bariloche

Desde septiembre de 2006, cuando Ana Piccinini asumió el cargo, la Defensoría del Pueblo de Río Negro presentó cuatro informes en la Legislatura provincial denunciando “innumerables casos de apremios ilegales, muertes en los calabozos de las comisarías y otros abusos policiales, pero hasta ahora nunca hemos tenido ni la más mínima respuesta concreta ni hemos podido avanzar en las soluciones”. Piccinini, en diálogo con Página/12, señaló como uno de los principales responsables de la situación al comisario Víctor Cufré, quien hasta hace 20 días fue jefe de la policía local y ahora “lo ascendieron al cargo de secretario de Seguridad y Justicia”.

Después de los sucesos de Bariloche, la bancada peronista en la Legislatura rionegrina y organizaciones sociales, gremiales y de derechos humanos reclaman la renuncia de Cufré por los asesinatos de Diego Bonnefoi, de 15 años, Nicolás Carrasco, de 16, y Sergio Cárdenas, de 29. Hasta hoy, el gobernador radical Miguel Saiz “ni siquiera ha removido del cargo al jefe de la Regional (Bariloche), Argentino Hermosa, que ha mentido respecto de cómo fueron los sucesos y, además, está amedrentando a los testigos” (ver aparte), aseguró Piccinini.

“La mala fama de la Policía de Río Negro en su conjunto y no sólo del grupo (antimotines) BORA, viene de lejos. Por eso, en la primera reunión que tuvimos con la plana mayor, en 2006, les dijimos: ‘No peguen’. Y le advertimos que no íbamos a tolerar abusos de ningún tipo de parte de la fuerza.” Piccinini recordó que, en ese primer encuentro, “todo fue muy amable, muy respetuoso, pero al poco tiempo, la relación se empezó a descomponer”. Poco después de llegar al cargo, la defensora del Pueblo comenzó a recibir “denuncias por apremios ilegales de hechos muy concretos sobre los cuales teníamos denuncias firmadas, probadas por testigos e incluso con fotografías que se tomaban a sí mismos, con celulares, chicos que eran llevados a distintas comisarías. Se abrieron causas judiciales donde fuimos querellantes, pero nunca tuvimos conocimiento de que se haya hecho un sumario administrativo interno en la fuerza”.

“Nunca hemos tenido una sola respuesta concreta del ministro de Gobierno (Diego Larreguy, cuya renuncia también fue pedida por el PJ rionegrino). Siempre nos responde con evasivas, pero el personaje más siniestro que tenemos es el actual secretario Víctor Cufré.” Piccinini y Cufré tienen diferencias públicas que han llegado a instancias judiciales. Mientras el funcionario pidió que se le inicie a la defensora un juicio político, ella ha planteado en los estrados judiciales una denuncia por “calumnias e injurias”. Aunque sus críticas apuntan en forma directa a Cufré y a Larreguy, la defensora del Pueblo no se olvida del gobernador Miguel Saiz. “Entre los años 1985 y 1986, cuando yo era legisladora, hicimos un proyecto de reforma, convertido en ley, que señala que el jefe natural de la Policía de Río Negro, por encima de quien ejerce esa función, es el gobernador. Si bien delega esa responsabilidad en el ministro de Gobierno, de todos modos el gobernador tiene que asumir esa responsabilidad siempre. No sé si esto se ha expresado del mismo modo en otras provincias, pero sí ocurre en la de Río Negro”, sostuvo Piccinini. Luego de los sucesos de Bariloche, que terminaron con tres muertes, Saiz fue criticado incluso por el intendente de esa ciudad, Marcelo Cascón, quien se quejó: “Ni siquiera me contesta los llamados”. Por esa razón, Cascón se tuvo que trasladar hasta la sede del gobierno provincial para reunirse con el mandatario.

En el último informe de la Defensoría del Pueblo ante la Legislatura, presentado en abril –al que tuvo acceso Página/12–, se hicieron planteos, en algunos casos, por designaciones de funcionarios policiales cuestionados y en otros, por haber dado de baja a oficiales que venían desarrollando tareas con eficacia. En Cipolletti, “nombraron como titular de la Unidad Regional V (de esa ciudad) al comisario Yves Vallejos”, muy cuestionado por la comunidad por su desempeño en la investigación del primer triple crimen ocurrido allí, el de las hermanas María Emilia y Paula González, y de su amiga Verónica Villar, en 1997, y en el homicidio de la joven Otoño Uriarte, en el año 2006.

Por razones opuestas, la Defensoría rechazó que se haya dejado cesante al subinspector Gabriel Ormeño, a quien Piccinini consideró “una víctima más del abuso del poder y la impunidad”. Ormeño venía desempeñándose como asistente de la jueza de Choele Choel Marisa Bosco, en una causa por trata de personas. “El caso –dijo la defensora– tiene una gravedad inusitada, no sólo por la implicancia de jefes policiales a los que se estaba investigando en la trata de personas con fines de explotación sexual, sino por la obstrucción que ha importado la persecución del principal colaborador de la magistrada.” A Ormeño, de buenas a primera, le comunicaron que debía trasladarse a Bariloche como su nuevo destino. Por estas razones, Piccinini ha denunciado que la policía rionegrina “tiene connivencia con la trata de personas”.

En el informe se denunciaron varios casos de presuntos suicidios de presos, en calabozos policiales, “generalmente los días feriado”.

  • En febrero de 2007 dos jóvenes, minutos después de ser llevados a la comisaría del pequeño pueblo de Mainqué, murieron quemados. “Cuando se hizo la reconstrucción del hecho, quedó claro que era imposible que, dada la gravedad de las quemaduras, los guardias no oyeran los gritos de los detenidos, cuando la celda estaba a dos metros del lugar donde se encontraban los policías”.

  • En junio del mismo año, un joven apareció muerto en el Establecimiento de Ejecución Penal número uno de Viedma.

  • En julio de 2007, un trabajador rural apareció muerto en la comisaría de Cervantes.

  • En junio de 2008, un joven murió en la comisaría 21 de General Roca. Se dijo que se suicidó con el cinturón.

  • En octubre de 2008, un interno murió asesinado a golpes por policías y penitenciarios en el Establecimiento de Ejecución Penal 2 de Roca.

  • En octubre de 2008, un joven de 17 años murió en la comisaría tercera de Roca, en otro “aparente suicidio”.

  • Entre junio de 2009 y enero de 2010 se produjeron otros “aparentes suicidios” de una joven de 23 años en la comisaría tercera de Roca; un joven de 26 murió ahorcado en Lamarque; un hombre de 28 murió al recibir un “facazo” en la ex alcaidía de Roca, y finalmente un joven de 21 años murió ahorcado en la comisaría primera de Viedma.

  • "En los cuatro años que llevo en la Defensoría hubo advertencias por muertes en calabozos, por lesiones irreparables sufridas por chicos que sufrieron apremios ilegales y hasta tuvimos el caso de la violación de una joven de 14 años en la comisaría de Guerrico, a manos de dos uniformados”, explicó Piccinini. “En la página de la Defensoría tenemos fotografías que certifican la existencia de los apremios. Uno de los chicos golpeados fue el hijo de Italo Vallarini, uno de los tres vocales que tiene el Tribunal Superior de Justicia de la provincia”.

En el caso de la denuncia por violación, Cufré informó que los supuestos responsables “están apartados del servicio en Guerrico, pero están trabajando en Roca porque no hay ninguna medida de la Justicia” contra ellos. La Defensoría replicó en su informe a la Legislatura que por un caso menor, el robo de una cartera en un pool de Viedma, “dos policías fueron desafectados de la fuerza a través de sendas resoluciones” del anterior secretario de Seguridad provincial.

Uno de los casos de apremios más notorio fue el de Daiana Allapán, de 20 años, quien en junio de 2009 terminó internada en el Hospital Zatti de Viedma a causa de la brutal paliza que le dieron efectivos policiales a la salida de un boliche. “La joven perdió varias piezas dentales, y sufrió fractura de maxilar por lo que debió ser intervenida quirúrgicamente, y le colocaron una prótesis”. En otro caso, también en Viedma, en enero de este año, un joven de 18 años fue “literalmente acribillado a balazos por dos efectivos policiales, cuando el chico estaba en una esquina, con amigos. Su madre embarazada trató de salvarlo y recibió un culatazo en la cabeza. El chico sobrevivió de milagro”. Piccinini concluyó que “en este marco, era previsible lo que sucedió en Bariloche”.



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