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lunes, 12 de noviembre de 2012

Documental -El cielo es rosa

Un nuevo trabajo audiovisual que se centra de lleno en la denuncia y divulgación de las repescusiones de la Fractura hidráulica: 'The sky is pink' (El cielo es rosa), del norteamericano Josh Fox director de 'Gastland' el primer documental que se hizo en denuncia de los peligros del fracking y por el que fue nominado al oscar.
Las lecciones que podemos extraer del documental de Josh Fox, 'El cielo es rosa', son simples. En palabras del propio autor, "No hay perforaciones seguras y ellos lo saben". Los cementados de los pozos pueden fallar. Los productos químicos se pueden filtrar a los acuíferos. Los documentos de la industria lo prueban. Los pozos también pueden causar migraciones de gas natural a los acuíferos.

Elijan activan subtitulos desde youtube. Si lo quieren bajar desde youtube o desde vimeo, acá están los subtítulos en castellano.


Documental -La sombra del Fracking


Documental español realizado por Dani Amo y Rosa Martínez, cuenta como el fracking está llegando al país sin que las administraciones informen claramente de los permisos que están concediendo y sin que la población sea consciente de los riesgos que supone esta técnica. Además de recoger las evidencias de contaminación y terremotos que la fractura hidráulica ha provocado en Estados Unidos y otros países, La sombra del fracking advierte de los peligros para la salud humana con una entrevista a Nacho Santidrián, cirujano oncológico del Hospital de Cruces. Muestra lo miserable que se puede llegar a ser vendiendo la tierra y a sus habitantes por un asqueroso puñado de dinero... esperemos que esta atrocidad sea detenida a tiempo y no llegue a nuestros países latinoamericanos..
 

martes, 19 de abril de 2011

¿Combustible o comida? -Por ELISABETH ROSENTHAL AGNES DHERBEYS PARA THE NEW YORK TIMES

Click en las imágenes para verlas en tamaño mayor.

Fuente Inta Clientes.

El artículo salió en Clarín pero no lo encontré:

¿Combustible o comida?
La búsqueda de energía alternativa hace temer una escasez de alimentos.

Por ELISABETH ROSENTHAL AGNES DHERBEYS PARA THE NEW YORK TIMES 

El uso de cultivos como la mandioca para producir combustibles podría incrementar el precio de los alimentos y el hambre mundial. E N MOMENTOS EN que usinas emergentes como China buscan nuevas fuentes de energía para mantener en funcionamiento sus autos e industrias, una parte cada vez mayor de los cultivos del mundo ­maíz y mandioca, azúcar y aceite de palma­ se desvía a la producción de biocombustibles. Los precios de los alimentos experimentan un fuerte aumento y muchos especialistas instan a los países a reducir la carrera por el desarrollo de combustible verde con el argumento de que la combinación de ambiciosos objetivos de biocombustible y cosechas mediocres contribuye al incremento de los precios, del hambre y de la inestabilidad política.

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), informó que su índice de precios de alimentos estaba en el nivel más alto de sus más de veinte años de existencia. Los precios crecieron un 15% entre octubre y enero, lo que puede haber "sumido en la pobreza a 44 millones de personas más de los países de bajos y medianos ingresos", dijo el Banco Mundial.

El incremento del precio de los alimentos ha desencadenado disturbios o contribuido a la tensión política en una serie de países pobres en los últimos meses, entre ellos Argelia, Egipto y Bangladesh, donde el aceite de palma, un ingrediente habitual del biocombustible, constituye un elemento básico de la alimentación de una población desesperadamente pobre.

Durante la segunda mitad de 2010, el precio del maíz experimentó un fuerte aumento ­73% en los Estados Unidos­, incremento que el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas atribuyó en parte al mayor uso del maíz estadounidense para la producción de bioetanol.

"El hecho de que en China se use mandioca para la producción de biocombustible, así como canola en Europa y caña de azúcar en otras (Continúa en la página 4...)AGNES DHERBEYS PARA THE NEW YORK TIMES EE.UU., la UE, China, India e Indonesia fijan objetivos para el uso de biocombustibles. Mandioca en Tailandia. partes, sin duda está generando un cambio en las curvas de demanda", dijo Timothy D. Searchinger, un investigador de la Universidad de Princeton en Nueva Jersey. "Los biocombustibles contribuyen a que aumenten los precios y crezca la tensión en los mercados".
En EE.UU., el Congreso dispuso que el uso de biocombustible debe alcanzar 136.000 millones de litros anuales para 2022. La UE determinó que el 10% del combustible para el transporte debía proceder de fuentes renovables para 2010. China, India, Indonesia y Tailandia también adoptaron objetivos de biocombustible. Sin duda son muchos los factores que contribuyen a elevar el precio de los alimentos, entre ellos el mal tiempo y el aumento del precio del petróleo.

"El problema es complejo, de modo que es difícil hacer declaraciones tajantes y afirma que los biocombustibles son buenos o malos", dijo Olivier Dubois, especialista en Bioenergía de la FAO. "Lo que es seguro es que los biocombustibles desempeñan un papel".

Dubois y otros especialistas en alimentos sugieren que los países deberían revisar sus políticas de modo tal de poder suspender los objetivos de combustible cuando se reducen las existencias de alimentos o los precios suben demasiado.

"La política tiene que dar prioridad a los alimentos", señaló Hans Timmer, director del Grupo de Perspectivas de Desarrollo del Banco Mundial. "Los problemas surgen cuando se establecen objetivos de biocombustibles independientemente de los precios de otras materias primas".

Cuando hace diez años China se lanzó a la producción de bioetanol a partir de maíz, el plan provocó escasez y un aumento del precio de los alimentos. En 2007, el gobierno prohibió el uso de granos para la producción de biocombustible. Los científicos chinos perfeccionaron entonces la producción de combustible a partir de mandioca.

"Avanzan con gran energía en esa nueva senda", dijo Greg Harris, analista de Commodore Research and Consultancy de Nueva York.

Si bien integra la dieta africana, la mandioca no desempeña un papel central en la alimentación asiática. Los chinos pensaron que producir combustible con mandioca no afectaría el precio de los alimentos, por lo menos en su país.

De todos modos, puede tener sus efectos. Como la mandioca se ha usado como forraje, la nueva demanda de la industria de biocombustibles podría afectar el costo de la carne. Por otra parte, si China recurriera a África como fuente, uno de los alimentos básicos del continente se vería afectado. "La tierra cultivable es limitada, de modo que cuanto mayor superficie se dedique al combustible, menos se asignará a los alimentos", declaró Harris.

El desarrollo de biocombustibles en países más ricos ha tenido un fuerte efecto en las cosechas. Casi el 40% del maíz que se produce en EE.UU. se dedica a la producción de combustible. El precio del maíz en la Bolsa Mercantil de Chicago aumentó un 73% entre junio y diciembre de 2010.

Los incrementos de precios también tienen efectos distantes, dicen los especialistas en seguridad de los alimentos. El precio del maíz en Ruanda creció 19% el año pasado.

"Para los estadounidenses puede significar unos centavos más por una caja de cereales", declaró Marie Brill, analista de políticas de ActionAid, un grupo de desarrollo internacional. "Pero estos aumentos hacen que el maíz quede fuera del alcance de la gente pobre".

Los que desarrollan biocombustibles compran grandes extensiones de lo que llaman "tierra marginal" en África con el objetivo de dedicarla a sus cultivos, en especial el arbusto leñoso llamado jatropha. Sus defensores sostienen que impulsar el cultivo de jatropha para la producción de biocombustibles tiene escaso impacto en la oferta de alimentos.

Sin embargo, sectores pobres utilizan esa tierra para cultivos de subsistencia o para la recolección de alimentos silvestres.

"Tenemos que abandonar la idea de que cultivar para la producción de energía no compite con los alimentos", dijo Dubois, de la FAO. "Es casi inevitable que lo haga".

lunes, 12 de mayo de 2008

El biocombustible se quema



De el diario "El País" de España.


"Un crimen contra la humanidad". Palabras gruesas que parecen destinadas a los nazis, el Gulag, la Camboya de Pol Pot o Srebrenica. Pero que las Naciones Unidas y el Gobierno de India -el segundo país más poblado del mundo- asocian ahora a los biocombustibles por su incidencia sobre la crisis alimentaria, los precios de los cereales y el hambre que acecha a millones de personas en todo el mundo. La demostración palpable de que el debate ha calado está en los autobuses madrileños: unos 400 autocares de la Comunidad de Madrid circulan ya con carburantes que utilizan en su fabricación cereales o aceites vegetales. Al lado de la flamante pegatina -"funciona con biodiésel"-, en algunos de esos vehículos podía leerse esta semana una pintada siniestra: "Asesinos".


Mimados por los subsidios y la legislación en Europa y en Estados Unidos, los biocarburantes han crecido en los últimos años a la misma velocidad que ahora pierden lustre y apoyos por todos lados. Han dejado de ser la quintaesencia de lo políticamente correcto. La ONU los ha puesto en el disparadero y las críticas arrecian desde el Fondo Monetario Internacional y la OCDE -foros donde dominan los países ricos- hasta el Banco Mundial y la FAO, las instituciones multilaterales centradas en el mundo en desarrollo.

"Sin los biocarburantes, la gasolina sería aún un 15% más cara. Pero el impacto sobre el incremento de los precios de los alimentos va mucho más allá. Probablemente hay que desandar una parte del camino y reducir los apoyos que han recibido; la crisis es grave y la escasez de alimentos es un argumento difícil, muy difícil de combatir", asegura Francisco Blanch, responsable mundial de materias primas del banco de inversión Merrill Lynch y una autoridad en la materia. "El problema es que no hay muchas alternativas: el crecimiento económico exige energía en grandes dosis. Y ante la pujanza de China e India, ¿de dónde va a venir la energía necesaria si no sale de ahí? ¿Vamos a decirles a los países en desarrollo que no crezcan?", se pregunta desde Londres.

Los productores de biocombustibles eran hace nada el súmmum de lo verde: una bendición para el medio ambiente y a su vez una alternativa al petróleo, cada vez más caro y escaso, y por lo tanto una apuesta de futuro para apuntalar la seguridad energética internacional. Entre ese halo de bondad -ahora en entredicho- y las alusiones a las trompetas del Apocalipsis de la ONU hay un buen puñado de causas, que van desde las oscuras presiones de los poderosos lobbies petroleros y alimentarios a la alta política, e incluso a la especulación en los mercados internacionales. Pero ante todo destaca el papel indiscutible -y a su vez contaminado con grandes dosis de demagogia- del biofuel en el fenomenal encarecimiento de los alimentos y su incidencia en el lado más tenebroso de la reciente crisis alimentaria: las hambrunas que afectan ya a casi 40 países.

Europa destina poco más del 4,5% de todos los cereales cultivados a la producción energética, unos 21,5 millones de toneladas. Pero las cifras globales son más importantes, y sobre todo la tendencia de crecimiento es abrumadora. Casi un tercio del maíz que creció el año pasado en los campos estadounidenses (cerca de 80 millones de toneladas) alimentan hoy coches, y no personas. Los fuertes subsidios y el apoyo regulatorio que ofrecen la Unión Europea y el Gobierno de EE UU al cultivo de materias primas para biofuel hacen cada vez más atractivo destinar las cosechas a llenar los depósitos y no los estómagos. Eso influye directamente en las cotizaciones. El aumento de la producción de maíz se ha obtenido a expensas de cosechas de otros cereales, con efectos sobre los precios por sus consecuencias en toda la cadena alimentaria.

Los expertos se cuestionan si el biocarburante, llamado a reducir la tiranía del petróleo, es tan rentable como parecía. Al margen de los subsidios, sólo salen a cuenta si se combinan altos precios para el crudo y bajos precios para el cereal (tal vez con la excepción del etanol de Brasil). Lo primero está servido: tanto el crudo brent europeo como el West Texas estadounidense han superado ya los 120 dólares por barril, y van camino de los 150 e incluso de los 200 dólares. Lo segundo es cada vez más complicado. El maíz vale ahora cerca de ocho dólares por bushel (24,5 kilos) en la Bolsa de Chicago, un 60% más que el año pasado. El trigo ha subido el 53% en un año. Y la soja un 40%.

El grado de responsabilidad de los biocarburantes en esta subida de las materias primas es casi un misterio. Según quién lo analice, la horquilla de impacto va del 5% al 60%. Lo que ya nadie discute es que alguna incidencia han tenido. Y lo que está por venir es más y más de lo mismo: un estudio de Naciones Unidas y la OCDE asegura que los precios de los alimentos aumentarán un 50% adicional en la próxima década por los biocombustibles. "En el contexto de muy bajas reservas de los últimos años, la demanda adicional procedente del biofuel dispara los precios", asegura Álvaro Mazarrasa, de la Asociación de Operadores Petroleros. "Ha habido precipitación a la hora de fijar objetivos de utilización de biofuel en Europa y EE UU. El impacto sobre los precios de los alimentos obliga a repensar esa política y establecer objetivos más prudentes", añade.

"El problema es que prácticamente no hay otra alternativa al crudo en el carburante para el transporte", asegura el catedrático de la Universidad de Barcelona Mariano Marzo. Las prisas asociadas a la necesidad de apuntalar la seguridad energética, combinadas con el estratosférico precio del petróleo, han alimentado la sed de biocarburantes. Pero la hambruna actual en decenas de países introduce un cambio radical de perspectiva. Ante esas distorsiones en el mercado alimentario, Marzo reclama "una moratoria en Europa" para retrasar los ambiciosos planes de utilización de biocarburantes, que según la normativa actual deben suponer al menos el 10% de las gasolinas en 2020.

Hasta en Estados Unidos un grupo de senadores republicanos ha apostado esta misma semana por replantear los apoyos al etanol procedente del maíz, por su impacto en los alimentos. Pero no parece que la Administración de Bush sea favorable a demasiados cambios al respecto.

El presidente George W. Bush declaró hace unos días que los biocombustibles "sólo son responsables del 15% de la inflación en los alimentos". Bush continúa defendiendo a capa y espada este combustible, al que considera indispensable para reducir la dependencia energética estadounidense, una de sus obsesiones. De ahí el gran volumen de subvenciones -hasta dos centenares de líneas de ayudas diferentes- que se conceden para la plantación de maíz y de las leyes que apoyan su transformación en carburante.

En la Unión Europea la situación es similar. Bruselas mantiene sus apoyos al biocarburante, pese a que ya han surgido las primeras voces discordantes. Ante la tormenta, la mayor parte de asociaciones agrarias se quejan de la demonización de los biofueles. El apoyo a cultivos para gasolina y las subvenciones están suponiendo un nuevo uso para las tierras y la revitalización de un sector de capa caída. La mayoría de asociaciones reivindica que la incidencia de este nuevo uso sobre los alimentos es limitada.

La comisaria de Agricultura, Mariann Fischer Boel, cerró filas el pasado miércoles en Bruselas en un duro discurso contra las críticas que se ciernen sobre el biofuel. "A pesar de la espiral que se ha desatado, el efecto es verdaderamente limitado sobre los precios de los alimentos. No necesitamos que los biocarburantes se conviertan en un chivo expiatorio: usados correctamente, son un arma ante los problemas derivados de la falta de oferta energética y en la lucha contra el cambio climático".

Todo eso está por ver. En plena redefinición. La conveniencia económica de los biocombustibles se pone en duda desde hace años. En España la mayor parte de las fábricas de este combustible están cerradas, porque esta campaña los cereales cuestan demasiado. Aun así los precios, a decir de algunos expertos, no deberían frenar la producción de una gasolina que frene el cambio climático. Sin embargo, este punto también levanta ampollas. La primera la pinchó Hartmut Michel, premio Nobel de Química en 1988.

Este gran aficionado a los combustibles de origen vegetal aseguró ya en 2007 que los biocarburantes no ahorran emisiones de CO2. Michel explicaba que para conseguir el combustible es necesario el uso de fertilizantes, maquinaria y una destilación que provocan que se acabe emitiendo más CO2 del que produce cualquier motor de gasolina en un coche. Los ecologistas apuntan otros factores. "Hay que añadir la deforestación que causan las plantaciones. Hay países donde se sustituyen cultivos, se destrozan bosques o se planta en zonas sumamente fértiles que podrían destinarse al autoabastecimiento", matizan los investigadores de Intermón.

Sara Pizzinato, de Greenpeace, explica que no está claro que se ahorren emisiones, "en especial con la tecnología actual". "Puede que en el futuro mejoren las prestaciones del biofuel, pero la crisis es aquí y ahora", abunda antes de afirmar que no debe incentivarse su uso "mientras no se demuestre fehacientemente que no van a causar la degradación de grandes forestas, como la Amazonia, y mientras no garanticen una reducción de emisiones que ahora no está asegurada".

No es una opinión aislada. El mexicano Ángel Gurría, secretario general de la OCDE -que agrupa a los 30 países más industrializados del mundo-, asegura que el biofuel actual "no proporciona ni la seguridad energética, ni la medioambiental ni los beneficios económicos que se habían pronosticado". "Tal vez más adelante se obtengan mejores resultados sin ese gran impacto sobre los precios alimentarios", aventura.

La patronal española rebate todas las críticas. Manuel Bustos, de la Asociación de Productores de Energías Renovables (APPA), denuncia la "campaña de criminalización, con declaraciones para la galería cuando la propia FAO limita el impacto sobre el encarecimiento de los alimentos a un máximo del 10%". "Lo fácil es criticar", añade. "La realidad es que los biocarburantes son la única alternativa disponible para empezar a sustituir al petróleo en el transporte, que produce el 25% de los gases de efecto invernadero. Y sobre su incidencia medioambiental no hay más que consultar los estudios de la Agencia Internacional de la Energía, la Comisión Europea o The White House National Economic Council, por citar sólo tres organismos".

En el fondo ésta es todavía una guerra de cifras. "Es complicado conseguir datos exactos porque los estudios económicos necesarios para valorar un impacto concreto incluyen parámetros muy diversos y complejos. Por eso, cuando no se conocen los detalles sobre un país o no se tiene suficiente perspectiva, muchos se tiran a la piscina y barren para casa, según lo que convenga", explica Teresa Cavero, investigadora de Intermón Oxfam. Esta ONG asegura tener datos fiables. Ha elaborado estadísticas cruzando el crecimiento de demanda de cereal para diferentes usos (alimentación humana, animal y uso industrial) en todos los países con sus incrementos de precios según el FMI. El resultado: el aceite de palma se ha encarecido un 37% por culpa del biocombustible. El maíz, un 60%. La soja, un 30%.

¿Qué pasa con el trigo o el arroz? "También hay un efecto sobre la cotización, pero aquí hay factores mucho más potentes como los climatológicos o de población. Pero influye por efecto contagio", remacha Cavero.

En ninguna polémica que se precie falta la teoría conspirativa. Aquí tampoco. Hay quien ve tras el alud de críticas una conspiración en toda regla que conjuga los intereses de los productores de petróleo y las multinacionales alimentarias con los de las grandes potencias. "La economía estadounidense es una de las grandes exportadoras de granos, y se beneficia de las cotizaciones actuales. No es raro que los lobbies presionen en Washington a favor de mantener los subsidios. Como tampoco es extraño que Alemania lo haga en Europa para que sigan construyéndose plantas de biocarburantes con su tecnología", apunta Jesús Ruiz, especialista en energía de la consultora Arthur D. Little.

Ruiz ve difícil una vuelta atrás en el desarrollo del sector. "Las empresas que han invertido lo han hecho pensando en la seguridad jurídica de áreas económicas tan poco sospechosas como EE UU y la UE, y en unas subvenciones que no son reversibles por el mismo motivo", apunta. La solución no parece sencilla: "Que el petróleo empiece a bajar; entonces empezarán a hacerlo también los alimentos".

El futuro de los biocarburantes se ha ensombrecido. Pero hace un año nadie o casi nadie alertaba de los problemas que podía acarrear la idea. Desde luego, las voces discordantes no surgían del FMI o del Banco Mundial. La primera andanada contundente salió de donde probablemente nadie se esperaba. En marzo del año pasado, un Fidel Castro aún convaleciente tras ocho meses de enfermedad se estrenaba como columnista del diario Granma con un artículo titulado 'Condenados a muerte por hambre y sed más de 3.000 millones de personas en el mundo', por la "idea siniestra" de "convertir alimentos en combustible". Pese a su habitual querencia por la desmesura, a la vista de los acontecimientos habrá que esperar nuevas entregas. -

A favor y, sobre todo, en contra

- Jean Ziegler, relator de la ONU, sociólogo y escritor. "Los biocarburantes son un crimen contra la humanidad", fruto de las "políticas aberrantes del Fondo Monetario Internacional".

- Paul Krugman, economista. "Es necesario tomar medidas contra el biofuel, que ha demostrado ser un terrible error".

- Jeffrey Sachs, economista y consejero especial del secretario general de Naciones Unidas. "No son la única causa, pero tienen parte de la culpa de la hambruna actual. La reducción significativa de los programas en la UE y en Estados Unidos sería una manera eficaz" de solucionar esta situación.

- Hartmut Michel, premio Nobel de Química. "Con los biocombustibles no se ahorran emisiones de CO2".

- Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial. "EE UU tiene que evaluar el efecto que causa en los asuntos humanitarios relacionados con el precio de los alimentos".

- Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil. "Desarrollados con criterio, de acuerdo con las realidades de cada país, pueden generar ingresos e inclusión social".

- Jacques Diouf, director de la FAO. "Necesitamos desarrollar con urgencia una estrategia internacional para que la bioenergía beneficie a los pobres".

- Mariann Fischer Boel, comisaria europea de Agricultura. "El biofuel es más valioso como carburante que como chivo expiatorio".

- George W. Bush, presidente de EE UU. "Si dependes del petróleo extranjero, tienes un grave problema de seguridad nacional". "La nueva tecnología como el etanol nos ayudará a ser mejores custodios del medio ambiente".

- Fidel Castro, líder cubano, en marzo de 2007. La "idea siniestra" de "convertir alimentos en combustible" condena a muerte "por hambre y sed a más de 3.000 millones de personas". "Présteseles financiamiento a los países pobres para producir etanol del maíz o cualquier otro alimento y no quedará un árbol para defender a la humanidad del cambio climático".

El maná brasileño de la caña de azúcar

Cuando alguien plantea dudas sobre la viabilidad y rentabilidad de los biocombustibles, está obligado a añadir un pero a continuación: Brasil. En Estados Unidos y la Unión Europea, la producción es costosa y, pese a las subvenciones, es complicada la viabilidad del biocarburante. Sin embargo, en Brasil los costes de elaboración son mínimos en comparación con el resto de productores. Según datos de la OCDE, obtener una tonelada de biodiésel cuesta en la Unión Europea más de 500 dólares (320 euros). Producirla en Brasil vale menos de 300 (193 euros).

Algas para el depósito

Paja en vez de grano. En ese axioma se reduce el objetivo de las nuevas generaciones de biocarburantes. Se trata de alimentar coches sin dejar de alimentar personas, lo que pasaría por usar materiales no comestibles para la elaboración de gasolina. Una utopía que, según expertos y ecologistas, podría alcanzarse con los biocombustibles de segunda generación (2G), que necesitan más inversión y un tiempo prudencial para su desarrollo.

Los biocarburantes actuales se producen básicamente a partir de maíz o caña de azúcar (etanol) y de semillas, aceite de palma o cereales como el trigo (biodiésel). Para los 2G, todavía en desarrollo, se utiliza celulosa (material por el que más se apuesta), hierba, paja o incluso algas. El problema es que aunque el producto resultante es incluso mejor que el actual, su proceso de elaboración es químicamente más complejo y, de momento, necesita una gran cantidad de energía, por lo que aún no compensa. "Una de las mayores esperanzas está depositada en las algas", comenta Heikki Willstedt, experto en energía de WWF/Adena. Estas plantas producen mucha biomasa. Se plantan en estanques y se alimentan con gases como el CO2 o el azufre. Permiten recoger hasta una cosecha semanal. El problema: "Hay que investigar más. En Japón ya hacen pruebas con agua salada. Puede ser la solución, pero hay que desarrollarla, porque en lugares como España no se puede obviar que el agua dulce no sobra", matiza Willstedt. -