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sábado, 26 de marzo de 2011

El Pata de Palo digital -Marcelo Ruben Paiva


Fuente "O Estado de São Paulo"

La película The Cove ganó los mejores premios en 2009, como el Sundance y el Oscar. Es una clase de como hacer un documental que cambie los hábitos del público y, quién sabe, las leyes de un país.

No te servirá buscar en la memeria si la viste, ya que no se exhibió en Brasil.

Pero seguro escuchaste hablar de él que investiga y registra la matanza de delfines en la Bahía de Taiji, Japón, idealizado por Richard O"Berry.

¿Quién? el ex entrenador de Flipper. O mejor, de los cuatro delfines que se turnaban y hacían piruetas delante de las cámaras de la serie de TV.

También, fue quien los capturó en Miami, pues no había quien lo hiciera en la época (1960), y los entrenó sin ningún manual cerca. Sólo entonces, empezó a estudiarlos y conocerlos.

Un día, todo cambió. El delfín principal, una hembra, se suicidó la falda del entrenador. Él mismo explica que ellos, si, se matan, simplemente dejan de respirar y se hunden. La imagen de su favorita hundiéndose lo aturdió para el resto de la vida.

Ambientes cerrados enloquecen a los delfines. Por causa de los sonares potentes de ecolocalización, las ondas de alta frecuencia pegan en las paredes, vuelven y reverberan en el cérebro.

Sabiendo eso - y culpado por popularizar a los animales que, entrenados, pasaron a ser estrellas de parques acuáticos -, O"Berry pasó a hacer ecoterrorismo y a soltar especies presas en cautiveiros, invadir parques e instalaciones militares. Inclusive en Brasil.

Descubrió el mercado de compra de atracciones domesticables en Bahía de Taiji, que queda en la ruta de migración de miles de delfines, y cuyos pescadores aprisionan 1.500 por año y los venden por US$ 150 mil la unidad para dueños de parques de todo el mundo.

Los que sobran se transforman en sashimi en un baño de sangre hecho ahí mismo, tiñendo las aguas de rojo, y alimentan supermercados locales y jardines de infantes públicos.

O"Berry junta un equipo prodesional y consigue, con cámaras escondidas, aéreas, micrófonos acuáticos, filmar la matanza en la bahía protegida y cercada por la comunidad de pescadores.

Después de asistirlo, dudo que lleves a tus niños a un parque con delfines, en las próximas vacaciones.


The Cove no está en los cines. Sin embargo, está en la red. Basta bajarlo. Esto es, piratearlo. Lo que está prohibido por ley - ignorada por 91% de los consumidores brasileños en el caso de música y 22% en el caso de películas, según el Ministerio de Cultura.

Datos del caderno Link: 97% de la música es obtenida de forma ilegal en España; 90%, en Chile; 99%, en Argentina; 81% de las películas en Rusia son piratas; 90% en la India.

Se perdió la guerra, y la indytria no entiende qué hacer, contabiliza las pérdidas, llora en las puertas de los órganismos policiales, en los tribunales, y hacen campañas educativas.

En Brasil, Rogério Flausino, líder de Jota Quest, aparece en las pantallas del cine Espaço Unibanco de la calle Augusta diciendo que la piratearia roba el trabajo de profisionales.

En la vereda enfrente al cine, hay un carro de pochoclo y más de 20 vendedores ambulantes ofreciendo películas piratas.

Empezó hace años con un nerd con cara de cinéfilo, vendiendo documentales y películas raras, como Zeigt Guest y Freud - Más allá del Alma. Él mismo hacia las tapas de los DVDs.

Habia complacencia de los peatones del área, ya que no eran películas en cartel, ni facilmente encontradas en videoclubes. Pero el mercado se expandió, se estabilizó y ahora se vende de todo. Inclusive el mío película, Malu en Bicicleta, que hace un mes estrenaba en los cines.

Extrañamente, sonreí cuando lo vi pirateado al lado de copias ilegales de Cisne Negro y El Discurso del Rey. Sólo me faltaba ser despreciado por la industria del pirata. Me dió orgullo saber que, probablemente, existía demanda - el público que entra y sale de las cinco salas del Espacio Unibanco se amontona y hace encargos, debates y preguntas sobre la calidad de la copia.

Mucha gente tiene su pirata personal, que hace entregas a domicílio. Como tuvimos el contrabandista y el arbolito, hace tiempo, en la agenda telefónica. Que acabaron después de la apertura del mercado.


No deberia meterme en algo que no entiendo. Pregunto: ¿no es la hora de que la industria se adecúe, reconozca la derrota, aproveche y lucre con el fenómeno?

The Cove merece ser visto en todos los países. Vivimos tiempos de democratización de la cultura. Los tipos que viven en Palmas, donde hasta hace poco no había cine ni libreria, tiene el derecho de ver Malu en Bicicleta. En Japón, también.

Mirá algo está equivocado, Blockbuster vende ollas y biscochos ahora. Sin embargo, el interés por cine sólo aumenta, todas las películas ya producidas están en la red, no en bibliotecas, ni en librerias, ni en videoclubes. Por torrents, es posible ver la obra completa de Sokurov o Kieslowski. e incluso elegir los subtítulos. Y, lo más increíble: gratis.

Mientras los empresarios de la industria se arrancan los pelos, hay sites y blogs de grupos cerrados que crean foros de discusión. En algunos de ellos, hay reglas duras, como, por ejemplo, no hacer upload de series de TV ni de películas en cartel.

Sin embargo, bajar un película dá trabajo, demora, es preciso encontrar a la película, el site confiable, que no abra pop-ups de casinos. Después, buscar el subtítulo, hecha por un equipo de voluntarios anónimos, que normalmente viene zipeada, y renombrar el archivo.

A veces, el time code del subtítulo no es el mismo de la película. A veces, la copia es de baja calidad.

¿Por qué la industria no entra en el mercado de cabeza, atropellando, con o sin caja, nuestro amateurismo?

Si vender por US$ 3 la copia de buena calidad con subtítulo en un site confiable, imagine la ganancia. Pueden hasta meter un comercial antes de la película.

Pues ell consumidor no será el de las salas de cine elegidas por el distribuidor, pero todos los internautas del planeta. Que dejará de pagar R$ 5 por la copia del DVD pirata de la esquina.

¿Que sites serian esos? De las distribuidoras. ¿Y los exhibidores? Bueno, ¿el DVD acabó con el mercado? No. Nunca el cine con pochoclo dejará de ser el programa favorito de quien vive en las grandes ciudades.

Falta que las partes de la industria se adecúen y dominar el mercado. Si no se puede combatir al enemigo, únete a él. El mercado sabe de eso desde el tiempo de Barba Azul y de pata de palo.

martes, 2 de marzo de 2010

¿Sonría?-Por Marcelo Rubens Paiva


Fuente: Blog "Pequeñas Neurosis Contemporáneas"

Hoy en día, es difícil pasar desapercibido. George Orwell, mucho antes de la revolución tecnológica, profetizó. Somos todos protagonistas de un show transmitido en vivo.

Cámaras en los ascensores intimidan. Reprimen ambiciones infantiles de escribir boberías en el teclado, de dar un beso ardiente de despedida o calentamiento, apretar todos los botones, chequear la ropa, hacerle morisquetas al espejo, piropear a la vecina, festejar el ascenso, resoplar de alivio después de un almuerzo familiar conflictivo.

Ahí están las cámaras por los corredores y garages de nuestro edificio. Se regista que se rayó un auto. Un toque sin querer en el paragolpes del auto del vicepresidente del consorcio genera una convocación a una reunión extraordinaria con pruebas.

En las porterías, ahora nos fotografían, roban un pedacito de nuestra alma, como creen los Ianomâmis. ¿Debo mirar a la cámara? ¿Estoy bien? Pero el viento de la calle me despeinó…

No existe un rincón del subte en que no se es filmado. Y encima nos piden sonreir.

En las calles, veredas, cruces, sendas peatonales, supermercados, farmacias, escuelas, somos vigilados por lentes secretas, o no tanto, arrogantes, contra quienes nada podemos.

Y del otro lado, en los monitores, un mortal analiza nuestros gestos sospechosos, nos sigue perguntándose si ahí está el pequeño criminal, o el gran terrorista, que por fin lo encontrará in fraganti cometiendo delitos, lo que justificará su salario y todo el aparato invertido.

¿Quiénes, para ellos, levantan sospechas? Se dan cuenta si estamos vestidos apropiadamente, si los sapatos están lustrados, ¿nos teñimos el pelo y nos dejamos crecer la barba? ¿Nos reconocen de otras filmaciones? ¿“Engordó en las vacaiones, no?”

¿Bótox, implante capilar, siliconas, dietas milagrosas son percibidas? ¿ Descubren se dejamos de fumar, de beber, se bajamos el colesterol, si nos enamoramos?

¿Sentem nostalgias? En la soledad de las salitas oscuras, ¿nos consideran amigos o enemigos? O somos apenas el estorbo que los obliga a quedarse horas delante de una pantalla en blanco y negro? ¿Alguién ya se enamoró por su blanco? ¿Y después pasó algo, como en la película uruguaya Gigante?






HORACIO CAMANDULE DE LA PELÍCULA GIGANTE

¿Existen cámaras filmándonos? ¿Otro mortal nos vigila? Que es filmado por otras cámaras, en un ciclo sin fin; mandala digital.

En el trabajo, descubren cuando estamos vagando, chateando en los sites de relacionamiento, bajando música, sacudiendo a la máquina de café o fotocopiando el DNI y la Cédula para otra fines.

Muchas cortes supremas autorizaron el filtro sobre nuestros emails. Alguien los lee, en un absurda violacion del secreto de la correspondencia. Y descubre a quien “en la firma” le gusta quien, quien traiciona al marido, tomó demasiado en el happy hour del día anterior, no soporta al jefe, al trabajo, a la empresa, a la corporación, al sistema, al mundo, a la vida.

Del otro lado de las conexiones, saben lo que leemos. Y de nuestras operaciones financieras, compras absurdas, reservas de viajes, adonde pasamos las vacaciones, con quien, por cuanto tiempo, y si nos excedemos en la barra del bar de la piscina del resort.

Cualquier detective particular consigue interferir telefónos y oir las confidencias mas indecentes. Algunos celulares hasta indican adonde estamos. Incluso desde el espacio, satélites nos siguen, como se fuésemos mártires de una organización fundamentalista en una guerra santa en busca de las prometidas mil vírgenes.

Verá que lo somos, y pronto, pronto comenzaremos una jihad por la vuelta de nuestra privacidad.

Fuente: Blog "Pequeñas Neurosis Contemporáneas"

Marcelo Rubens Paiva