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lunes, 6 de abril de 2009

Más noticias del "candidato transgénico" y su agente de prensa...



El predador
Por Horacio Verbitsky
Fuente Página 12.

Las ironías del ministro de Justicia, Aníbal Fernández, quien lo rebautizó Felipe II, le preocupan menos que los informes acerca de su larga gestión como Secretario de Agricultura y Pesca durante el gobierno de Carlos Menem, entre 1989 y 1991 y desde 1993 hasta 1998. Solá está interesado en recuperar fotocopias de las causas iniciadas en la justicia federal de Mar del Plata por la sobrepesca de merluza y calamar, que puso en riesgo de extinción los principales recursos pesqueros del país. Las denuncias fueron formuladas por el capitán de ultramar Roberto V. Maturana, quien citó informes de la Auditoría General de la Nación, de la Procuración del Tesoro y de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Todos fueron consultados para esta nota, salvo el de la UBA, que fue destruido. Desde 1999 la principal especie capturada en el mar argentino, la merluza hubbsi fue declarada en emergencia nacional debido a la sobrepesca, que redujo la biomasa a niveles críticos y con tendencia decreciente.





La otra especie auditada es el calamar illex, para la que tampoco existen “planes de manejo a largo plazo” y cuya extracción se multiplicó por seis. Esta fue la consecuencia de una década de advertencias desoídas del Instituto Nacional de Desarrollo Pesquero (Inidep). Pese a que las leyes lo prohibían se permitió que los buques que cedían un permiso siguieran pescando en vez de darse de baja, se transfirieron permisos de buques pequeños a otros de gran porte, se hicieron pasar por pesqueros buques congeladores. La merma del recurso fue tan salvaje que en 1996 se capturaron 600.000 toneladas de merluza y en 2000 fue preciso imponer un cupo máximo de 35.000.


Solá se disculpó ante el periodista Vicente Muleiro, quien el 9 de abril de 2000 publicó en Clarín una investigación titulada “Saqueo en alta mar”. “El único que hace un acto de contrición soy yo. La pesca, hasta 1997 fue manejada con el criterio del crecimiento. Toda la economía apuntaba a la competitividad y el eje eran los propios empresarios. Había que ayudarlos a exportar, a renovar la flota. Pero en el 95-96 me encuentro con el problema de la sobrepesca y, entre varios errores, cometí el mayor: no denunciar la situación porque no tenía ley de pesca y no podía parar ningún barco ni a toda la pesca porque generaba un caos social. No tuve la visión de que ése era el momento de cambiarlo todo”.

En la misma nota el entonces responsable de la Oficina Anticorrupción, Manuel Garrido dice que Solá y los funcionarios de pesca a sus órdenes deben ser investigados. El precio secreto de esos permisos oscilaba entre 150.000 y 600.000 dólares.

Solá también autorizó la introducción en la Argentina de la soja transgénica de Monsanto y el plaguicida que la acompaña, el glifosato. El avance de ese paquete tecnológico amenaza la soberanía alimentaria del país, afecta la calidad de los suelos y ha provocado graves problemas de salud a las poblaciones fumigadas con el agrotóxico que la transnacional estadounidense comercializa con la marca Roundup. La Argentina fue el segundo país del mundo en autorizar la soja RR (por resistente al Roundup), luego de Estados Unidos, en tiempo record y sin otras pruebas que las realizadas por la propia empresa. En su impresionante libro de investigación El mundo según Monsanto, que en un año ya se publicó en trece idiomas, la periodista francesa Marie Monique Robin describe la combinación de amenazas y sobornos con los que Monsanto avanza sus negocios a escala planetaria y menciona los ejemplos de Canadá e Indonesia, donde la transnacional pagó a funcionarios para la introducción de su hormona del crecimiento y su algodón transgénicos.

Un dato que incluso algunos calificados investigadores desconocen es que el principal impulsor de la autorización de la soja RR y el glifosato fue el ingeniero Héctor H. Huergo, a quien Solá designó como director del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, INTA, donde permaneció entre febrero y noviembre de 1994. Su esposa de entonces, Silvia Mercado fue la agente de prensa de Solá. El ingeniero agrónonomo e historiador Alberto Lapolla, quien renunció como responsable agrario de Proyecto Sur cuando Claudio Lozano votó en la Cámara de Diputados en contra de las retenciones, como reclamaba la Sociedad Rural, fue compañero de facultad de Huergo.

Allí ambos conocieron a Solá, que era unos años menor. Lapolla recuerda que por entonces, Huergo era el dirigente estudiantil del Partido Obrero Revolucionario Posadista. Luego se acercó al frigerismo y en vez de escribir en Voz Planetaria, que era el órgano oficial del POR, ingresó a Clarín, donde desde 1971 dirige el Suplemento Rural. Huergo también preside la Asociación Argentina de Biocombustibles, tiene una consultora en agronegocios y fue el introductor en el país del modelo norteamericano de las ferias abiertas, que Clarín y La Nación aplican en la empresa conjunta Expoagro.

Lapolla agrega que durante el gobierno de Alfonsín, Cavallo propuso desde la Fundación Mediterránea “volver al modelo agroexportador que tuvo la Argentina en el pasado”. Cavallo lo llamó “agro petropower” y otro compañero de Huergo y Solá, Héctor Ordóñez, “una Argentina verde y competitiva” que implicaba dejar de lado el proceso de industrialización. El ingeniero agrónomo Luis Polotto, quien militó con Solá en la agrupación estudiantil Cimarrón, cuenta que al asumir con Menem, Solá convocó a varios ex compañeros y les preguntó quiénes estaban dispuesto a acompañarlo para hacer “lo contrario a lo que siempre dijimos”. Polotto trabajaba en esos años en la Secretaría de Recursos Naturales y Ambiente Humano, la cual propuso investigar los efectos que podría tener la introducción de la soja transgénica.

Pero Agricultura y el INTA respondieron que era un tema de su competencia, la secretaria María Julia Alsogaray no insistió y Solá firmó el permiso. Lo hizo en dos resoluciones notablemente escuetas. La 115, del 14 de marzo de 1996, estableció el método de solicitud de autorizaciones para “la experimentación o liberación de la semilla de soja transgénica”.

La 167, del 3 de abril de 1996, autorizó a producir y comercializar la semilla y los productos y subproductos de la soja “tolerante al herbicida glifosato”. Ese mismo año, Huergo creó el canal Rural de televisión por cable. Jorge Rulli, quien era titular de la Comisión Nacional de Diversidad Biológica dependiente de la Secretaría de Agricultura le reprochó a Huergo que violara los pactos firmados por la Argentina sobre biodiversidad. Huergo le contestó que se había quedado en el pasado: “Hoy la biodiversidad se hace en los laboratorios”. Para Lapolla las autorizaciones deberían emanar del Ministerio de Salud, ya que es imposible obviar los efectos de los transgénicos sobre el ecosistema, sobre la selección natural y sobre otras especies, como la maleza, que no pueden evaluarse en un par de años y sin una investigación multidisciplinaria, compleja y cara. “Ya entonces Huergo era un empleado de Monsanto. Desestructuró el INTA, transfirió el capital genético estratégico para el país a las empresas privadas como Monsanto y Nidera, les permitió el acceso a los archivos secretos del INTA, cuyos equipos de investigación también fueron comprados por estas empresas.

Esto le permitió a Monsanto crear la soja RR sobre la base de la variedad de soja natural desarrollada en la Argentina para los suelos del país. Quienes estaban en desacuerdo fueron despedidos del INTA. Así se perdió, entre otras, una variedad de maíz resistente a las sequías, que hubiese sido muy rentable para los pequeños productores y podría haber competido contra la soja transgénica. Huergo hizo todo esto, pero el impulsor decisivo del avance de la soja transgénica en la Argentina fue el propio Solá”, concluye Lapolla. Huergo coincide. En su columna del 10 de enero El soy power llega a la política, escribió en Clarín Rural: “Felipe Solá fue casi diez años secretario de Agricultura, y su gran pergamino fue la autorización de la soja RR en 1996”. Con admirable modestia, nada dijo de su propio rol en el acontecimiento que, se ilusiona, “cada vez tallará más fuerte en la gran escena política nacional”.


martes, 30 de septiembre de 2008

Lo que dice la ciencia "oficial" sobre los transgénicos en la Argentina


Sería interesante leer y analizar lo que dice la ciencia "oficial" en la Argentina sobre los transgénicos.

El organismo oficial de investigación agropecuaria en la Argentina es el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria).

Se puede descargar un informe sobre los diez años de cultivos genéticamente modificados en la Agricultura Argentina, de Eduardo J. Trigo y Eugenio Cap, (es un documento pdf).

Si leen el documento verán que no se menciona en ninguna parte el impacto en la población vecina a los cultivos transgénicos con el glifosato sobre la salud.

Aparentemente es un "costo" que no vale la pena, que esas personas se mueran de cáncer o tengan hijos con deformaciones no es algo que valga la pena "medir". Incluso cuando será el Estado quien tenga que pagar también por la salud de ellos.

En el informe aclara:

"La Tabla 3.1 refuerza los aspectos mencionados arriba, pero desde el punto de vista de los riesgos para la salud pública por intoxicaciones provenientes del uso de herbicidas. En este sentido, el glifosato pertenece, dentro de la clasificación de la Organización Mundial de la Salud (1988), al grupo de herbicidas de toxicidad clase IV, “prácticamente no tóxicos” y según datos de 2001, la introducción de la soja tolerante a herbicidas, si bien significó un aumento en su uso – tanto en volumen total como en número de aplicaciones – también significó una disminución del 83% en la cantidad utilizada de herbicidas de toxicidad de la clase II y la eliminación total de los de clase III, todos ellos más peligrosos para la salud humana.""



Sobre el tema de la expulsión de la población local el informe dice:

"En cuanto a la dimensión social de la evolución descripta, la diversidad de situaciones involucradas y, en muchos casos, la ausencia de información confiable, hace difícil plantear un panorama claro sobre cuáles puede ser las implicancias específicas de los procesos a los que nos hemos estado refiriendo. Sin embargo, algunos datos generales permitirían plantear que algunas de las percepciones generales que usualmente se discuten acerca de las consecuencias de la evolución del sector en los últimos años, como la aceleración de la tendencia a la expulsión de pobladores del sector rural, no se condicen con los datos existentes, y también que el papel del sector en la socioeconomía del país es, quizás, mucho mas estratégico aún de lo que se reconoce cuando se lo discute en términos de las variables económicas solamente (por ejemplo, su peso en las exportaciones del país)."

Sería interesante analizar todo el paper del INTA, sobre todo ver si hay datos más recientes (el documento es de diciembre de 2006) para ver qué está pasando y qué nos dicen los técnicos del Estado sobre el tema.

¿Habrán visto el programa "La Liga" sobre la expulsión de población nativa en Tartagal?



No puedo olvidarme de la mentira durante largos años de la convertibilidad, cuando nadie podía cuestionar la paridad 1 peso = 1 dólar,que era algo así como una cuestión de fe.

En ese momento los intelectuales argentinos nos mintieron...Ahora, ¿nos estarán mintiendo de nuevo?



viernes, 25 de abril de 2008

¿Qué dice la ciencia argentina sobre el problema de la soja?


SOJIZACIÓN EN LA ARGENTINA

por María Belén Almejún
ganadora de la beca "In Libris Carpe Rosam" en Ciencias Biológicas -Año 2003-,
donada por Paulo D. Barroso Mastronardi


Un poco de historia

En 1996, Felipe Solá, el Secretario de Agricultura en ese entonces, autoriza la siembra en nuestro país de la primera semilla de soja RR, un transgénico inventado por los científicos de la empresa Monsanto (la empresa norteamericana que desarrolló el 2-4-5-T, el famoso Agente Naranja, durante la guerra de Vietnam, un poderoso arboricida). El término RR significa resistente a Round-up, que es la marca comercial de herbicida glifosato, también inventado por Monsanto.

Al mismo tiempo se imponía en nuestro país la siembra directa que, a diferencia de la labranza convencional, en lugar de dar vuelta toda la tierra sólo remueve un surco donde se deposita la semilla y el fertilizante. El sistema de siembra directa deja al suelo cubierto del rastrojo del cultivo previo, impidiendo la erosión por el viento o el agua.

El proceso de sojización en la Argentina se dió rápidamente gracias a la combinación de la soja RR, la siembra directa y el herbicida glifosato. Debido a que el costo de todo el cultivo era de alrededor de un 30% menos, ya que se usa sólo el herbicida glifosato (que elimina todo menos la soja RR) en lugar de varios herbicidas selectivos para cada maleza; y además se usa una sola máquina (la de siembra directa) teniedo un costo menor en combustible.


¿Qué sucede en la actualidad?

Hoy en día, la gran cantidad de tierra que se utiliza para plantar soja llevó al desmonte de áreas de recreo, forestales, frutales y se ha llegado a un punto tal que las empresas sojeras expulsan a los pueblos originarios y a los campesinos que laboran y viven en sus tierras desde hace varias generaciones (hecho de amplio conocimiento por su difusión a través de los medios de comunicación).

La gran diversidad de producción agrícola en nuestro país está cambiando hacia el monocultivo de soja transgénica. Pero eso no es lo peor, antes los chacareros eran libres no sólo de plantar la más variada cantidad de alimentos, sino que eran dueños de la semilla para sembrar de un año a otro, es decir el campesino guardaba una parte de la simiente para sembrar en la temporada siguiente. Esto hoy ya no sucede, porque la semilla es ahora propiedad de la empresa que la produjo, que la tiene patentada. De esta forma, temporada tras temporada, los campesinos se ven obligados a comprarla.

El INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) durante décadas desarrolló variedades agrícolas para el cultivo en la Argentina, pero en 1991 entregó su colección de germoplasma a los semilleros multinacionales, apropiándose éstos de los secretos de la producción nacional. Desde entonces, el control y la exportación de granos quedó en manos de las compañías cerealeras (como Monsanto) por destruirse la Junta Nacional de Granos; además, un organismo nacional como el INTA quedó al servicio de estas compañías.

Todo esto privó a los agricultores de las semillas de germoplasma nacional realizadas para las condiciones de cultivo en las diferentes regiones del país. Así llegamos al momento actual donde han desaparecido variedades de lentejas, arvejas, maíz, trigo, lino, girasol, batata, etc., que habían sido desarrolladas por el INTA y sembradas durante décadas en el país.

Pero previo a la instalación de este modelo productivo, hubo captación de intelectuales y de científicos, subordinando los ejes de investigación a los intereses de las trasnacionales.

La sojización en nuestro país ha reducido el número de cabezas de ganado vacuno de 65 millones a 48,6 millones y el lanar de 60 millones de cabezas en 1970 a 12,5 millones ahora. Nos encontramos ante una situación en la cual exportamos proteínas baratas de origen vegetal para que otros países produzcan carne barata.

Lo peor del cultivo de la soja RR, es la acción de su monocultivo continuado, ya que afecta la estructura y fertilidad del suelo, sumado al sistema de cultivo que se utiliza.

Como la soja RR crece bajo pulverizaciones de glifosato, se la cultiva por el método de siembra directa, es decir, sobre los rastrojos del cultivo anterior, previa aplicación de herbicida. Posteriormente se aplica glifosato y los plaguicidas necesarios mediante fumigaciones aéreas o con equipos especiales.

Cuando comenzó este sistema de cultivo, sus defensores destacaron el menor uso de agroquímicos, el no laboreo del suelo y de costo que implicaba como grandes beneficios.1

Si bien la siembra directa desacelera la degradación del suelo, resolviendo el problema de la erosión, es funcional a la penetración de empresas como Monsanto, ya que son necesarios de herbicidas para el control de las malezas tanto antes como después de la siembra.

Hoy en día, luego de muchos años, la sojización en nuestro país ha producido una desertificación biológica de los suelos. La no roturación del suelo terminó generando acumulación de residuos orgánicos que no pueden ser mineralizados. Además destruye la biodiversidad del ecosistema por modificar la microflora y microfauna del suelo, ya que el uso de herbicida de forma continua elimina las bacterias del suelo, modificando la mineralización de la materia orgánica haciendo que el suelo sea infértil. La macrofauna también se ve afectada por la contaminación del suelo.

Por otro lado, el uso continuado de herbicidas sobre el suelo produce también la aparición de malezas resistentes al mismo (por los mecanismos biológicos de selección y mutación), esto obliga a aumentar las dosis del herbicida o a usar otros más fuertes en su mayoría cancerígenos, que terminarán contaminando el suelo y las napas de agua.

Las pulverizaciones de estos productos herbicidas (la mayoría restringidos en sus países de origen) destruyeron montes frutales y forestales, cinturones verdes que rodeaban ciudades y pueblos, produciendo emigración de pequeños productores a las villas de emergencia de las ciudades y una mayor concentración de la tierra. En Ituzaingó, ciudad de Córdoba, se han encontrado restos de agrotóxicos en los análisis del agua de las viviendas y hay afecciones alérgicas y pulmonares en niños, los días que hay fumigación aérea de los mismos.

¿Qué hacemos ante estos problemas?

La respuesta de los organismos de ciencia y técnica a esta preocupante situación es escasa. La comunidad científica parece sorda a las necesidades de nuestro país y nuestro pueblo. Los pocos que salen a denunciar el grave impacto ambiental que trae aparejado el monocultivo de soja son callados o no son escuchados.

Pero estaría mal decir que la biotecnología no sirve, porque ese no es el problema, está claro que los organismos transgénicos permiten obtener una mayor y mejor producción. El problema reside en que los adelantos científicos en organismos transgénicos no se encuentran al servicio del pueblo, sino de las empresas multinacionales que explotan el suelo haciendo oídos sordos a los estudios de impacto ambiental y arrasando con lo que se les tope por el camino.

Hoy, más que nunca, hace falta en nuestro país, la independencia de los organismos de ciencia y técnica de los intereses de las multinacionales, y que estos organismos tengan una influencia real en las políticas que el gobierno se da hacia las empresas que practican el cultivo de soja en la Argentina.

Fuentes utilizadas

  • INDEC - Censo Agrario Nacional 2001
  • Adolfo Boy - Implicancias del uso de 2-4-D, glifosato y otros herbicidas
  • Adolfo Boy - Mitos y Verdades sobre la soja
  • www.inta.gov.ar
  • www.documentalistas.org.ar
  • www.kolgados.com.ar
  • www.ecoportal.net
  • www.alternativaverde.org
  • www.biotech.bioetica.com.ar
  • www.monsanto.es

1 "…Los expertos aseguran que las innovaciones de la biotecnología van a triplicar el rendimiento de las cosechas sin requerir tierras de cultivo adicionales, salvando así los bosques naturales y el hábitat de los animales. Otras innovaciones pueden reducir o eliminar la dependencia en agroquímicos que pueden contribuir a la degradación del medio ambiente -otras preservarán el suelo y los recursos hídricos…" Monsanto

Tomado de la Academia Nacional de Ciecnias Exactas y Naturales.