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jueves, 31 de enero de 2013

N es un Número-Biografía de Paul Erdös-Sin Subtítulos



Si usan Firefox pueden descargar el video con el Download Helper.
No encontré los subtítulos en castellano!

Lamentáblemente no encontré los subtítulos.
Algo que podría servir es si alguien sabe cómo descargar los subtítulos automáticos que hace youtube.

Por ahora funcionan bien.
A través de esa página descargamos los subtítulos automáticos en inglés, si quieren descargarlos Están acá
Si alguien quiere :





  1. Revisar y corregir los subtítulos automáticos en ingles




  2. Transcribir los subtítulos en inglés que ahí aparecen, a Erdös lo ponen con subtítulos en inglés, aunque él hable inglés :-0


  3. Luego mándenoslo a:

    Ppirataargentino#gmail.com
    (reemplacen # por @)
    Y le haremos lo susbtítulos en español.


    Sobre el video y Paul Erdös:
    Fuente Página 12.

    Cómo convertir anfetaminas en teoremas


    Por Juan Forn

    Lo he confesado otras veces: los húngaros me fascinan y, cada vez que puedo, me las arreglo para hablar de alguno. Hoy es el turno de Paul Erdös, una leyenda del mundo de la matemática por su asombrosa productividad y por sus excentricidades igualmente legendarias. En el curso de su vida, Erdös (pronúnciese erdesh) publicó 1475 trabajos. El rinde promedio de un matemático es de cincuenta papers en toda su carrera (más o menos uno por año); Erdös, en cambio, durante sus mejores años, llegó a publicar cincuenta por año (es decir, casi uno por semana). Para lograr tal proeza, practicó una verdadera promiscuidad en el rubro colaborativo: 485 de esos papers los escribió en coautoría con algún colega. Son tantos los matemáticos que colaboraron con él que, en los años ’70 y ’80, se decía que cualquiera que no hubiese trabajado con Erdös, o con alguien que hubiese trabajado con él, no era nadie en el mundo de la matemática.
    Lo que hace especialmente interesante su modus operandi es que Erdös nunca tuvo un puesto estable ni domicilio fijo de residencia: entre 1934 (año en que dejó Budapest) y 1996 (fecha de su muerte en Varsovia) practicó la matemática en veinticinco países diferentes, dando clases y conferencias, participando de congresos, o simplemente apareciéndose en medio de la noche por la casa de algún colega (“Se me ocurrió un problema que sólo contigo seré capaz de resolver”) y hospedándose allí hasta que terminaba el paper junto a su anfitrión y partía en busca de nuevos desafíos. Einstein decía que había elegido la física antes que la matemática porque ésta plantea tantas preguntas bellas y atractivas que es casi imposible no distraerse de las preguntas centrales. En su opinión, el deber principal del científico es desarrollar su olfato para las preguntas centrales y trabajar en ellas sin dejarse seducir por otros problemas, no importa cuán atractivos sean. Erdös sucumbió de manera impenitente a cada problema hermoso con que se encontró, reivindicando cada día de su vida el ejercicio comunitario, aleatorio y desinteresado de la matemática.
    Sus únicas posesiones entraban en una valija. Lo asfixiaban las corbatas y los zapatos: usaba siempre la camisa abierta y sandalias con medias. “La propiedad perjudica”, decía, y donaba casi todo lo que ganaba para poder seguir su vida liviano de equipaje (cuando ganó, en 1983, los cincuenta mil dólares del Premio Wolf en Israel, se quedó con setecientos y creó con el resto un fondo que premiaba la resolución de problemas creados por él mismo: los premios iban de uno hasta mil dólares, y se siguen concediendo hasta el día de hoy porque todos los ganadores vuelven a donar el monto obtenido, en su homenaje).
    Erdös había nacido en Budapest en 1913, durante una epidemia de escarlatina que mató a sus dos hermanas días antes de que él naciera. Por esa razón, sus padres, que eran ambos profesores de matemática, prefirieron no mandar al niño a la escuela y educarlo ellos mismos. A los veinte años se doctoró en la Universidad de Budapest y aceptó una beca para seguir sus estudios con Louis Mordell. Su madre había seguido sobreprotegiéndolo a tal punto que, recién cuando llegó a Manchester en 1934, Erdös tomó conciencia de ello. “Llegué a media tarde a casa de Mordell y no había comido nada en todo el día. A las cinco sirvieron el té y yo tenía tanta hambre, y me avergonzó tanto confesar que nunca había enmantecado sólo una tostada, que me puse a imitar a los demás y descubrí que no era una tarea tan difícil como aparentaba ser”, confiesa en un fabuloso documental sobre su vida titulado N es un número.
    Poco después del fin de la Segunda Guerra, Erdös coincidió en Princeton con dos colegas, el alemán Hochschild y el japonés Kakutani. Los tres iban caminando un día por Long Island, tan enfrascados en un problema matemático que no se dieron cuenta de que había anochecido y que habían ingresado en zona militar, una estación de radar del ejército. Dos guardias los detuvieron a punta de fusil. Tan enfrascados venían ellos que contestaron las preguntas de los guardias en alemán (la lengua en que venían conversando, la única que les permitía comunicarse fluidamente a los tres) y fueron a parar a un calabozo hasta que las autoridades de Princeton aclararon el asunto. Pero cuando, días después, a Erdös (el “ruso” del grupo) se le venció la visa, no se la renovaron y no lo dejaron volver a entrar a los Estados Unidos durante los diez años siguientes. El verdadero motivo quizá se hallara en su prontuario: en 1943 había sido convocado por el matemático Ulam para participar del proyecto nuclear en Los Alamos. Erdös aseguró que podían contar con él siempre y cuando le permitieran volver a Hungría cuando quisiera y fue rechazado por no cumplir con las pautas de seguridad obligatorias para todos los participantes del proyecto (el gobierno comunista húngaro, en cambio, enterado del veto norteamericano, hizo una insólita excepción con Erdös y le concedió un pasaporte especial, único en su género, que le permitía entrar y salir de Hungría a su antojo).
    Su frase favorita era: “Un matemático es una máquina que convierte café en teoremas”. Y, en sus épocas de oro, llegó a trabajar al mismo tiempo con una docena de matemáticos diseminados por toda Europa: como los grandes maestros de ajedrez cuando juegan simultáneas, a cada uno de ellos le decía “Le dejo esta inquietud” y se subía a un tren y se dirigía a otra ciudad, tal como un ajedrecista va de tablero en tablero. A los amigos de Erdös les preocupaba su uso indiscriminado de anfetaminas. El ilustre Gerhart Ringel le apostó una vez que era incapaz de dejar de tomarlas un mes. Erdös aceptó el desafío y se abstuvo de todo estimulante durante treinta días, momento en el cual agradeció a Ringel la oportunidad que le había dado de descubrir que no era un adicto. “Pero me he pasado todo este tiempo sin lograr que se materializara una sola idea en mi cabeza. Es decir que, por tu culpa, la matemática se ha atrasado un mes. Así que, con tu permiso, voy a tomarme unas pastillas y recuperar ya mismo el tiempo perdido”, dijo y retomó imperturbable su rutina química.
    Erdös se había pasado la vida diciendo que la manera perfecta de morir sería en el momento justo en que hubiera terminado de exponer la solución a un problema matemático endiabladamente difícil y se alzara una mano pidiendo si podía repetir el procedimiento. Erdös contestaría: “Creo que dejaré esa tarea a la próxima generación” y se desplomaría delante de su auditorio. Murió, en cambio, de una manera mucho más fiel a su estilo. Durante un congreso en Varsovia en 1996, estaba escuchando una de las conferencias y, de pronto, quienes estaban a su lado descubrieron que no estaba echándose una siestita sino que había muerto, silenciosa y pacíficamente. A sus pies yacía su legendaria valija y en el bolsillo tenía un boleto de tren para viajar esa misma noche a Viena.
    Fuente Página 12.

    viernes, 4 de septiembre de 2009

    Somos los Piratas II

    El Pirata Morgan.
    Fuente Página 12.
    Es una nota parecida a la que escribiera en su momento Frei Betto sobre los piratas somalíes.

    Somos los piratas


    Por Juan Forn

    Curioso el asunto de los piratas somalíes. Si nos guiamos por los diarios, vienen a ser algo así como el nuevo azote de la humanidad, después de la mafia rusa y las maras centroamericanas: durante el último año, han atacado o secuestrado un centenar de barcos y llevan cobrados casi doscientos millones de dólares en rescates. Se los tilda de sanguinarios e implacables, incluso de tener su propia agenda terrorista, aunque los pocos testimonios de rehenes de esos secuestros señalen lo contrario.

    El asunto no es nuevo. Según el libro canónico sobre los filibusteros, A General History of Piracy, atribuido durante mucho tiempo a Daniel Defoe (el autor de Robinson Crusoe), pero en realidad escrito por el marino Nathaniel Mist basándose en testimonios directos, los piratas se regían por un código que combinaba el honor y lo comercial, cuyo creador fue el famoso filibustero Morgan (premiado por la corona británica, cuando por fin se entregó, con la gobernación de Jamaica). Tanto Edward Teach, más conocido como Barbanegra, como las mujeres piratas Anne Bonny y Mary Read (quien se hizo embarazar cuando fue capturada para salvarse de la horca) se regían a rajatabla por ese código, en muchos aspectos menos despótico, económicamente más equitativo y de mayor tolerancia racial que el de las navieras esclavistas. Sostiene el historiador marxista Marcus Rediker que en todas las tripulaciones piratas había hasta un tercio de negros, quienes tenían derecho a usar armas, a votar y a cobrar su parte del botín. El capitán de un barco invadido salvaba su vida si todos los miembros de su tripulación aseguraban a los piratas que no era abusivo. Y, cuando los piratas tomaban un barco, elegían por votación al nuevo capitán, que representaba los intereses de la tripulación.

    Rediker sostiene que la piratería crece cuando el capitalismo avanza y el Estado retrocede y que los actuales piratas somalíes se parecen mucho a los de hace tres siglos: son violentos y peligrosos, pero no hacen daño a los rehenes que cooperan; se hicieron piratas para salir de pobres (recientemente, un pirata somalí declaró a Associated Press: “No nos consideramos ni la mitad de delincuentes que los que pescan ilegalmente en nuestras aguas, los que descargan desechos tóxicos en nuestras costas, los que venden armas y estimulan las guerras civiles en nuestro territorio”) y seguramente serán erradicados cuando un poder mayor decida que eliminarlos es más barato que tolerarlos, tal como lo demuestra sin proponérselo el capitán francés Patrick Marchesseau en su libro Prise d’otages sur le Ponant (“Toma de rehenes en el ‘Ponant’”).

    Me explico: Marchesseau es el capitán del “Ponant”, un velero de lujo del consorcio multinacional CMA-CGM con capacidad para setenta pasajeros, que hacía cruceros por el Mediterráneo durante el verano y por las islas Seychelles durante el invierno europeo. En marzo del año pasado, luego de reparar una avería en Madagascar, llevaba su nave sin pasajeros por el Golfo de Adén, rumbo al canal de Suez, cuando fueron secuestrados por piratas somalíes. A bordo del “Ponant” iban sus treinta tripulantes (la mayoría de ellos no eran marineros, sino personal de hotel, incluyendo a siete mujeres) y fueron presa fácil de los piratas que los abordaron desde un bote Zodiac, a punta de Kalashnikov. Marchesseau alcanzó a enviar una señal de socorro a los buques de la marina francesa que patrullan las aguas de la zona (parte del operativo antiterrorista internacional Enduring Freedom, que incluye desde cruceros de guerra hasta portaaviones con misiles, helicópteros y comandos paracaidistas, de banderas norteamericana, canadiense, inglesa y francesa).

    Luego de revisar el barco en busca de armas y reunir a la tripulación en cubierta, el jefe pirata explicó en rudimentario inglés que no harían daño a nadie y que se irían en cuanto cobraran el rescate de tres millones de dólares. Ordenó poner proa a Ras Asir, en la costa de Somalia, hizo fondear el “Ponant” y procedió al inicio de las negociaciones, por radio, con la sede central de CMA-CGM en Marsella, mientras sus hombres desangraban dos ovejas en cubierta y asaban la carne para alimentar a los rehenes (aunque el “Ponant” tenía dos chefs a bordo y una bodega provista de todo tipo de exquisiteces). Las negociaciones duraron cinco días y el mismísimo Rodolphe Saadé, director ejecutivo de la CMA-CGM, estuvo a cargo desde Marsella, mientras se mantenía comunicado por línea directa con el presidente Sarkozy (Saadé fue uno de los mayores contribuyentes a su campaña). Durante esos cinco días, el “Ponant” fue vigilado de cerca por una fragata de guerra francesa y un portaaviones canadiense, cosa que no inmutó a los piratas. Marchesseau explica en su libro que el dinero del rescate lo iba a pagar la aseguradora de CMA-CGM y que, si bien la extorsión es ilegal para la legislación francesa, si el pago se realiza con dinero privado, no infringe la ley.

    Cuando por fin se autorizó el pago del rescate y una lancha a motor llevó el efectivo hasta el “Ponant”, los piratas liberaron su presa y partieron en su Zodiac rumbo a la costa, seguido por un helicóptero del portaaviones canadiense. Marchesseau y su tripulación fueron fletados en un avión de guerra directo a París: el propio Sarkozy los recibió en el aeropuerto, delante de las cámaras de TV, y anunció que los piratas habían sido atrapados por los canadienses, “con autorización del gobierno somalí” (que opera desde Kenia “debido a la falta de seguridad”). Marchesseau se tomó una licencia para escribir su libro y luego lo presentó por toda Francia. Cosa curiosa, la prensa lo trató como un simpático libro de aventuras, y así lo ve el propio Marchesseau, aunque en sus páginas explica como al pasar que, aunque los cuatrocientos barcos de la CMA-CGM (entre cruceros y cargueros) usen bandera francesa, están radicados en un paraíso fiscal del Pacífico Sur llamado Mata-Utu, donde no sólo no hay puerto de aguas profundas sino que la CMA-CGM mantiene allí únicamente una casilla de correos y una dirección de e-mail.

    La gran ironía de todo el asunto es que las compañías navieras que hoy piden protección son las mismas que durante años buscaron cualquier resquicio legal para evadir los impuestos y exigencias sindicales de su país de origen. Y precisamente por haber logrado una existencia más allá de las regulaciones y leyes nacionales, no podrían contar con ayuda de ningún Estado, si no fuera por la guerra sin fronteras contra el terrorismo iniciada por Bush. De todas maneras, como señala cándidamente Marchesseau en su libro, los consorcios navieros son por naturaleza muy adaptables: si los barcos que hoy las defienden se fueran mañana del Golfo de Adén, contratarían ellos mismos su servicio de vigilancia. Y si eso les resulta muy caro, les ofrecerán a los propios piratas somalíes que se encarguen de protegerlos (como hizo la corona británica con el pirata Morgan en 1675). De manera que la próxima vez que oigamos la canción de Los Auténticos Decadentes, ya sabemos a quiénes se están refiriendo.

    Fuente Página 12.


    Notas:
    Acá dejamos un libro atribuido a Daniel Defoe sobre piratas libertarios en Madagascar y otro libro de Charles Johnson .

    En la wikipedia sugieren que Mist era el editor y Defoe el autor del libro.

    Acá está, en inglés, para descargar el libro y se lo atribuyen a Defoe.

    Acá está la información del libro de Marcus Rediker sobre Piratas.