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martes, 6 de enero de 2009

Comisión por un monumento a los hawaianos que lucharon con Bouchard

Monumento al rey Kamehameha I de Hawaii.



Según la historia el rey de Hawaii Kamehameha I le cedió a Bouchard 100 marinos para su travesía por la costa del Pacífico de América.

Es casi seguro que algunos de esos hawaianos hayan enarbolado la bandera de las Provincias Unidas en los diferentes lugares por los que nuestro corsario luchó.

No existe en la Argentina ningún monumento recordando a los hawaianos que acompañaron a Bouchard, así que uno de los proyectos del Partido Pirata Argentino es que se realice uno en algún lugar importante para recordarlos.


Si quiere enviar su proyecto de monumento a los hawaianos, hágalo a:

ppirataargentino#gmail.com


reemplace # por @.


martes, 2 de octubre de 2007

Sobre los documentos entre Hawaii y Argentina

Usando el buscador Google encontramos dos documentos en donde se menciona el posible acuerdo entre Bouchard y Kamehameha:










El libro:

Native Hawaiian Study Comission Report

Autor Committee on Interior and Insular Affairs House of Representatives
Más no podemos ver, esto es lo que sale en Google.



jueves, 27 de septiembre de 2007

¿Y qué pasó en el reino de Kamehameha?...Argentina tal vez no honró el tratado..

Luego de ser visitado por Bouchard, ¿qué pasó en Hawaii?
Si existió el tratado deberíamos ir en ayuda de nuestro aliado....




"Para el movimiento nacionalista hawaiano, la tragedia de su patria comenzó no tanto con la llegada del capitán Cook, en 1778, como con el desembarco, 1820, de los misioneros calvinistas norteamericanos, los cuales, según su jefe, Hiram Bingham, quedaron asqueados por la "profundidad de su tenebroso paganismo": "¿Semejantes seres pueden ser civilizados? ¿Pueden ser cristianizados?". De todos modos lograron convertir al rey y pasaron a ser sus consejeros. En 1848, el presidente Tyler dijo que Hawai estaba en la "esfera de influencia norteamericana" y fue apoyado en el Congreso. Entre tanto reunían tierras. Una ley fue aprobada en 1848. La redactaron dos misioneros y un abogado blanco. "

"Hartos del gobierno nativo, los blancos realizaron un golpe con la ayuda de "marines", destronaron a la reina Liliuokalani, y proclamaron la república. El presidente norteamericano, Grover Cleveland, calificó el episodio de "acto de guerra" contra el gobierno de un pueblo "débil, pero amistoso y confiado". Sin embargo, todo quedó igual y Hawai pasó a ser primero territorio y luego Estado, en 1959. "

El movimiento nacionalista hawaiano comenzó en 1960 organizando sistemáticamente las aldeas que habían mantenido las tradiciones. También procuró recuperar tierras ocupadas. Un logro muy importante fue el rescate de la isla de Kahoolawe, refugio tradicional de Kanaloa, dios del océano, de las islas y de la navegación, lleno de santuarios, que, desde el ataque japonés de diciembre de 1941, era un campo de tiro de la marina. Pero la causa hawaiana tiene pocas posibilidades.

Para empezar, Hawai es el mayor arsenal atómico del Pacífico. Es una colosal empresa turística controlada -comercio y hoteles- por dinero nipón, en buena parte de origen yakuza (el delito organizado).

Los hawaianos, en su mayoría mezclados, son unos 200.000 en las islas y 90.000 afuera. Son el 20 por ciento de la población (99 %, sin embargo, en Niikau; 60 % en Molokai; 30 % en Hawai, la mayor). El porcentaje de suicidios es el más alto de los Estados Unidos.

Han empezado a plantear su derecho a la autodeterminación y, en 1987, llevaron el problema a las Naciones Unidas. Han hecho manifestaciones -hasta ahora sin violencia- en especial para rendir homenaje a la reina en el aniversario de su destronamiento.

Se calcula que la mayoría se inclina por la autodeterminación coincidiendo con lo que dijo hace un siglo el presidente de la república blanca, Sanford Dole: "Son como niños y si se les permitiera votar quedaría el reino".

Ellos dicen otra cosa: "Nuestro país ha sido y es plasticizado, vendido y explotado. Venden "leis" de plástico, ceniceros de cono... Nos han violado, vendido, matado, ¿y todavía esperan que deseemos que Hawai sea colonia de los Estados Unidos?" (Kahau Lee, 1971). Nada que ver, por lo tanto, con el paraíso de la leyenda turística.

Por Narciso Binayán


Tomado del diario La Nación.







Uno se pregunta.....¿Quiénes son los piratas?

IZ ~ Hawai'i '78


"Hawai'i '78 por una convención constitucional que estableció muchos de los cimientos de la de la política moderna en Hawai'i, incluyendo legislación para la protección de la isla de Kaho'olawe, y el establecimiento de una dirección del gobierno estatal dedicada a los asuntos de los Hawaianos, intentos de reconocer las injusticias del pasado. La letra en inglés habla de cómo se sentirían los antiguos reyes Hawaianos si pudieran ver lo que pasó a sus tierras y pueblo."


Homenaje a la última reina de Hawai, Lili'uokalani


Lili'uokalani -- Hawaii's Last Queen (documentary excerpt)


viernes, 21 de septiembre de 2007

El encuentro de Bouchard con el rey Kamehameha I

Según el libro de Cíchero no existió una firma de un tratado entre el rey Kamehameha I y Bouchard.

En el libro hace el siguiente relato:

“Argentinos
en el Paraíso"

(Fragmento del
Cap. 17)


Siete leguas tierra adentro de la bahía de Kealakekúa, se encontraba el Palacio de Kamehameha Iº. El Rey era ya casi un anciano. Había logrado unificar su reino en detrimento de los jefes de cada una de las islas, luego de su espectacular victoria contra los invasores rusos. Contaba con una corte de isleños y europeos con la que logró consolidar su poder y extender el vigor de la economía de su reino. Era astuto y prudente.


El Capitán rentó tres caballos y una mula en el puerto. Pretendía ir con Píriz y Espora al Palacio Real para entrevistarse con el Soberano. Quería tres cosas: reclamar la propiedad de la Santa Rosa ó Kalaholile, según se
lo interprete; ayuda para capturar a los desertores dispersos entre tantas islas y provisiones para su tripulación.

Lostres hombres de La Argentina partieron en sus caballos con sus mejoresuniformes, llevando en la mula dos pequeños baúles con sus pertenencias y algunos obsequios para el Rey del paraíso.

Los ojos de los visitantes no daban abasto con tanto esplendor. El camino rojizo que conducía al Palacio, serpenteaba entre colinas pobladas de selvas y flores. Por un momento, el Capitán sintió comprender a los desertores, pero el solo pensamiento lo indispuso contra sí mismo.

De tanto en tanto, al paso de la comitiva que desplegaba la bandera de un país ignoto, eran detenidos por grupos de mujeres con el torso desnudo que los saludaban sin forzada amabilidad. Invariablemente los obligaban a desmontar para ofrecerles jugo de coco. No parecía importarles quiénes eran; de dónde venían, ni a qué iban al Palacio. Sólo se esforzaban por llegar al cuello de los rioplatenses y colgarles un humilde lazo de hermosas orquídeas, a modo de bienvenida. No

eran muy altas, pero sus formas delicadas, sus ojos algo rasgados y sus sonrisas radiantes invitaban a poseerlas ya mismo. ¡Esas mujeres! No parecían tener los prejuicios de las blancas. Nada de taparse hasta el cuello. Nada de faldas hasta los tobillos. Nada de sombrillas para aparentar una falsa palidez virginal.
Nada de extender las manos para ser saludadas con distancia. Nada de evitar risas francas por temor a ser consideradas putas. Nada de hacerse acompañar por chaperonas para que no se las considere libertinas. Nada de eso. Pero tan hembras, tan delicadas y a la vez tan seguras de sus cuerpos.

-¡Quémujeres! ¡Quién pudiera tener una en sus brazos para hacerles el amor hasta saciarse, Capitán! -Píriz comentó en voz alta como obedeciendo una orden íntima de su cuerpo ya desacostumbrado a la presencia de una mujer con sus pechos al aire.

-¿Y? ¿Qué le parece Espora? -preguntó el Capitán al joven de diecisiete años, mientras una niña algo menor que él se le colgaba del pescuezo apoyándole sus pechos erguidos sobre el uniforme.

-¡Nosé, Señor! Nunca he visto algo igual, Señor. Son tan..., tan...
-¡Hembras!

-el Capitán completó la idea resumiendo en una sola palabra la idea del joven.

-Sí, Señor. Es algo así como lo que todo el mundo sueña y casi nadie obtiene. -La niña le dió un beso en cada mejilla y se retiró con una sonrisa enorme entre sus labios.

-Bueno, ojalá Dios quiera que mientras estemos aquí lo obtenga, Espora. Mejor dicho, ¡que todos lo obtengamos! -Bouchard rió y los otros lo acompañaron con una sonora carcajada.

Si los argentinos llegaron con los prejuicios de considerar a los isleños sólo como unos buenos salvajes, todos y cada uno de ellos se irían derrumbando con el paso de los días. En su imaginación rodaba la idea de que el Palacio del Rey no podría ser algo más que un conjunto de chozas y estructuras de madera ensambladas con mayor o menor fortuna. Pero no. En un recodo del camino apareció una enorme construcción blanca de estilo francés, con amplios ventanales y enormes y cuidados jardines circundantes. Cientos de pajarillos amarillos y anaranjados sobrevolaban el Palacio variando de dirección antojadizamente.

-¿Capitán, usted está seguro de que estas islas no son una colonia de alguna potencia europea? -preguntó el Mayor Píriz asombrado por la magnificencia del lugar.

-Estoy seguro, Mayor Píriz. Aunque le parezca mentira, este es un pueblo guerrero. Siempre se sacaron de encima a quiénes intentaron someterlos. Lo intentaron los ingleses; lo intentó el Zar ruso; y a todos les dieron una buena patada en el culo. Este país es tan libre como nosotros... lo seremos algún día -agregó para corregir al final.

-¡Qué curioso! -exclamó Tomás Espora dirigiéndose a nadie en particular.

-¿Qué cosa? -preguntaron Bouchard y Píriz casi al unísono, mientras traspasaban con sus caballos el enorme arco de entrada.

-El Palacio. No tiene murallas, ni cañones, ni fosos, ¡ni guardias! -Lo que veía Espora era tan evidente, que nadie le había prestado atención. El segundo prejuicio de los americanos cayó pocos segundos después del primero. Ahora resultaba que esta gente guerrera, que ya había peleado por su tierra, no parecía dispensar al Rey el favor de rodearse de gentes y armas. Era evidente, que esa sociedad sabía a la perfección que las murallas y los guardias que rodean a los reyes, también pueden servir para que éstos se segregaran y ofendieran a su propio pueblo.

No sólo no eran una colonia; no sólo no eran salvajes, sino que tampoco eran ningunos ingenuos.

Las últimas yardas del camino la coronaban dos hileras de diez mujeres adornadas con flores y cubiertas con un vestido muy ajustado de radiantes colores vivos, que les cubrían desde el pecho hasta las rodillas. Tanto los oficiales, como Espora fueron recibidos por ellas, que les colocaron una guirnalda de flores a cada uno, antes de ser besados en ambas mejillas. Parecía ser una visita auspiciosa.

Frente a una hermosa puerta de cedro finamente labrado esperaba un hombre de rasgos polinesios, pero de ojos claros como el mar. Se les acercó y dijo en un inglés digno de Oxford:

-Mi nombre es Makoa Swanson, soy Consejero del Rey. Él les da su más cordial bienvenida a nuestras islas y me ha indicado que recibirá al Capitán Bouchard y sus oficiales en algunos minutos. Si ustedes gustan, pueden pasar. Nuestra gente cuidará de sus caballos.

-El Capitán quedó intrigado.
-Disculpe usted Consejero Swanson. ¿Cómo conoce usted mi nombre? No he llegado a presentarme.

-¡Capitán!-dijo en tono suficiente- si usted fuera el Rey de su país, el Presidente en su caso, ¿no llevaría usted un registro de todas las naves que arriban, su procedencia y los motivos que lo traen a puerto?
-¡Por supuesto!, Consejero -contestó Bouchard en tono de reconocer lo obvio.

-Bueno, aquí es igual. Sólo que nuestros registros no están escritos por funcionarios. Simplemente, sabemos. ¿Me comprende? Ahora, les ruego me acompañen. Esperaremos en la sala de audiencias y beberemos algo fresco.

Bouchard, Píriz y Espora se sentaron en cómodos sillones en una amplia sala adornada con plantas. En comparación con la lujosa fachada del Palacio, los interiores eran austeros. Pero las ventanas abiertas de par en par permitían la entrada y salida de pájaros por los salones, de forma tal que la decoración estaba viva y no permitía detenerse en los clásicos detalles de un lugar, tales como cuadros, alfombras o cortinados.
Una puerta de dos hojas se abrió e hizo su entrada un hombre ya mayor, de unos sesenta años y algo obeso.
Otra vez, los americanos se equivocaron. El tercer prejuicio cayó pisoteado bajo los propios mocasines del monarca. Habían pensado que el Rey se vería cubierto con una túnica multicolor, adornos exóticos, collares de perlas, conchas y plumas. La típica imagen que circulaba entre los marinos acerca de los polinesios. Pero nuevamente, no. El hombre traía levita azul, un pantalón ajustado al tono, medias de seda blancas y una camisa con un hermoso volado en la pechera. Su cabeza se adornaba con una peluca blanca de estilo francés y un hermoso sombrero de tres picos con finísimos vivos color bordó.

Los tres argentinos se miraron entre sí sin disimular la sorpresa.

-Su Majestad, el Rey Kamehameha el Primero. Soberano de todas las Islas y aguas de Hawaii, por la voluntad de sus pueblos. -Makoa Swanson presentó en inglés con cierta pompa al Soberano para luego presentar al jefe de los visitantes con más sencillez.
-:El Capitán Hipólito Bouchard de la nave corsaria La Argentina de las Provincias Unidas del Río de la Plata y sus oficiales.
Los argentinos hicieron una leve reverencia, sin saber si correspondía o no ofrecer la mano a un Rey.
Bouchard no tenía claro cómo proceder. Si era conveniente ir al grano o si dar algún circunloquio de cortesía. Prefirió lo segundo. Iba a dirigir sus palabras a Makoa Swanson en inglés, presumiendo la necesidad de un intérprete, pero el Consejero lo interrumpió antes de comenzar para señalarle:
“por favor, Capitán, dirija su mirada y sus palabras al Rey; yo traduciré sin necesidad de que usted me lo pida”.

En realidad, el Rey, conocía el idioma inglés a la perfección, pero igual simuló no comprenderlo con la obvia complicidad de su Consejero. Era evidente que Kamehameha prefería reservarse la posibilidad de consultar en su idioma con Makoa Swanson durante misma conversación, sin despertar suspicacias entre los rioplatenses.

-Su Majestad, quisiera agradecer la hospitalidad con que su gente nos ha recibido. Somos hombres de guerra y habíamos perdido la costumbre de ser tratados con tantas muestras de cortesía por parte de su pueblo. -Bouchard tomó la iniciativa con esa formalidad.
-Sean ustedes bienvenidos a nuestras islas, si sus propósitos son pacíficos para con nuestra gente -expresó el edecán en forma simultánea al lenguaje cálido y musical del Rey. -:
¿Puedo serles útil en algo en particular? -Parecía que con esa frase, Kamehameha dejaba abierta las puertas a las tratativas. Él conocía todas y cada una de las necesidades de los sudamericanos y estaba al tanto del casual hallazgo del otro barco de Buenos Aires y algunos de sus antiguos tripulantes.

Una decena de sirvientes con toda clase de frutas y bebidas ofreció a cada uno de los asistentes a la reunión y dejó un sin número de platitos sobre una mesa ratona que estaba en el centro de la sala.

-Su Majestad, usted sabrá que nuestra misión es capturar o hundir buques españoles. Por desgracia es la guerra y no el comercio lo que nos ha llevado tan lejos de nuestros hogares y hay veces, como ahora, en que los soldados pierden hasta la más mínima noción de decoro. -Makoa Swanson traducía aunque Kamehameha, que asentía con gesto aprobatorio, entendiera todo aún antes que su Consejero le tradujera.

-:Su Majestad, quisiera solicitar su ayuda para capturar a los amotinados y desertores de la corbeta de mi país Santa Rosa, que se encuentra anclada en Kealakekúa. Esa gente, abandonó a sus oficiales, robó la nave, y deshonró la bandera por la que peleaban. Su Majestad -continuó el Capitán- según las normas del derecho de guerra, esos delincuentes deberán ser juzgados por un tribunal militar. Y dado que la fortuna hizo que los encontráramos para hacer justicia, quisiera saber si existe algún tipo de condiciones para que nos sean entregados.

El Rey guardó silencio unos instantes.

-Mi respetado Capitán, -abrió con solemnidad la voz de Makoa Swanson, que interpretaba a la del Rey- esos hombres a los que usted se refiere se han comportado de muy mala manera entre nosotros, pero de todas formas los hemos recibido. Les hemos ofrecido manutención y alojado cómodamente en varias de nuestras islas. Quisiera
que contemplara el esfuerzo que ello ha representado para nosotros, aún cuando de parte de ellos, no hemos recibido mas que disgustos.


El Rey mentía con descaro, sin embargo el Capitán no tenía mucho margen para discutir. ¿Cómo los encontraría sin la cooperación de Kamehemeha?

-Entiendo, Su Majestad. Mi Gobierno me ha autorizado a pagar por cada desertor hasta una Guinea para facilitar la captura de esos criminales. -También mentía el Capitán, que no tenía ninguna autorización.

El Rey escuchó la oferta y le preguntó a su Makoa Swanson en su idioma:

-¿Crées que éstos -refiriéndose a los rioplatenses- puedan pagar lo que pagan los norteamericanos?

-No, Su Majestad, ¡pero sí algo más de lo que han ofrecido! -respondió en el acto Makoa Swanson.

-Estimado Capitán Bouchard, los norteamericanos y los ingleses nos pagan tres y hasta cuatro Guineas de oro para embarcar sus desertores. Su oferta es, por llamarlo de alguna manera, mínima, si se tiene en cuenta lo que suelen pagar otros países.
-El Rey se veía feliz en medio del regateo.

-Su Majestad, sólo puedo elevar mi oferta en veinticinco céntimos de Guinea y lo haré a costa de mi propio bolsillo. Mi país está en guerra y hoy no está en condiciones de ofrecer más dinero por esa gentuza. De lo contrario, deberé
abandonarlos aquí y sólo servirán para provocarle nuevos y mayores problemas.

-Bouchard puso su precio final y el Rey respondió con un ambiguo “Mmmm...”, que traducía un universal “ni sí, ni no”.

El astuto monarca esperaba aún que el Capitán manifestara su interés por la recuperación de la Santa Rosa, cuestión que hasta el momento no había sido tocada.Y viendo que el Capitán no ponía aún el tema del barco sobre la mesa, decidió hacerlo él mismo.

-Lamento no aceptar su oferta, Capitán, pero prefiero utilizar a esos hombres para tripular el nuevo barco que he comprado, y al que hemos ya rebautizado como Kalaholille.
-El Capitán se sintió descorazonado cuando el Rey mencionó sus intenciones respecto a la ex Santa Rosa.

-Su Majestad, quisiera ofrecerle quinientas Guineas de oro por ese barco -descerrajó como oferta el Capitán.

-¡Pero si he pagado setecientas a quienes decían ser sus dueños! -El Rey lucía ya una amplia sonrisa al sentirse dueño absoluto de la situación.

-¡Setecientas, de acuerdo!; pero incluiremos en esa suma la provisión de agua y víveres para dos meses de nuestra tripulación -contraofertó Bouchard para intentar cerrar el trato allí mismo.

-¡Es un gusto hacer tratos con tan hábiles negociadores! -lisonjeó el Rey a sus interlocutores luego de vender un barco que no usaría; sacarse de encima gente que no le interesaba y encima, ganar dinero. -:
Ahora, es tiempo de disfrutar. -El Rey se incorporó de improviso con la ayuda de un sirviente y, por instinto de cortesía, los sudamericanos hicieron lo propio. Pronunció algunas palabras en su lengua y se retiró del lugar.

Todo duró quince minutos.





Tomado de la página de "Cibernautica"

En su descripción el autor no dice nada sobre el tratado....Al final, se habrá hecho o no?


Hawai'i Forever - Hawai'i 78 por Israel Kamakawiwo'ole.




Israel Kamakawiwo'ole, Hawai'i Aloha


Otra canción de Israel Kamakawiwo'Ole Bruddah Iz - Henehene Kou ' Aka

Y sinceramente....Imaginen a los marinos de La Argentina en Hawaii....Escuchando música, viendo a las damas hawaianas...No se, debía ser difícil salir a pelear por ahí....


Israel Kamakawiwo'ole Ka Pua U'i