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lunes, 11 de octubre de 2010

TRIBUNA: TIMOTHY GARTON ASH -Facebook: restablecer la privacidad


Fuente "El País" de España.

Las redes sociales pueden permitir a las empresas y los Gobiernos husmear en nuestras vidas. Aunque, comparado con los tabloides, Facebook llega a ser un virtuoso sacerdote protector del secreto de confesión


El 35% de las empresas ha rechazado solicitudes de trabajo por informaciones de las redes

Las mismas tecnologías que reducen nuestra privacidad pueden ayudar a defendernos

Un par de días después de ver La red social, el nuevo filme sobre Facebook, visité a dos altos cargos en la sede de Facebook en Page Mill Road, Palo Alto, al lado del campus de la Universidad de Stanford. "¿Qué les pareció la película?", les pregunté; me habían dicho que llevaron a todos los empleados en autobuses a ver el estreno. "Me pareció árida", dijo uno, "y un poco lenta". "Bastante aburrida", dijo el otro. ¿Puede ser que esa sea la línea oficial de la compañía? ¿Facebook dice que la película sobre Facebook es aburrida?

Pues no les hagan caso. La red social es muy divertida y desde luego merece la pena verla. Ahora, no piensen que es una película seria sobre las redes sociales, Internet y las posibilidades que crean para bien y para mal. Es una obra de entretenimiento sobre Harvard, los abogados estadounidenses y lo que representa tener 19 años. Está llena de exageraciones gloriosas y muy divertidas.

Muy realista, desde luego, no es. Está repleta de estudiantes de Harvard que sueltan sin parar frases brillantes, como si fueran jóvenes Woody Allen. No dicen un "que..." cada tres palabras, ni mucho menos un "joder". Sin embargo, la sátira sí toca un aspecto que plantea Facebook en la vida real: nuestra pérdida de intimidad. Al principio del filme, el alumno Mark Zuckerberg, bebido, utiliza su blog para poner verde a una novia que acaba de dejarle, y luego se venga de todo el sexo femenino colgando, sin que ellas lo sepan ni lo autoricen, fotos de alumnas de Harvard para que los chicos les pongan nota.

Esa pequeña violación de la intimidad no es nada comparada con lo que hemos experimentado en el último decenio. En la misma semana del estreno de la película se supo la noticia de un incidente terrible en Rutgers University, en Nueva Jersey. A un alumno de 18 años, Tyler Clementi, lo habían filmado a escondidas besándose con otro hombre. Su compañero de habitación, al que Tyler había pedido que se fuera a dar una vuelta durante unas horas, había activado la webcam de su ordenador y después transmitió el vídeo por Internet para que lo viera todo el mundo. Tyler Clementi se arrojó desde el puente George Washington al río Hudson y se mató. Su mensaje de despedida en Facebook decía: "al puente gw a tirarme, lo siento".

Por supuesto, esta no es una historia sobre -ni mucho menos contra- Facebook, aunque la agonía informal de esa despedida de siete palabras y en minúsculas me resulta extrañamente inquietante. Pero sí es una historia que habla de lo fácil que se ha vuelto invadir la intimidad con las nuevas tecnologías de la comunicación.

La gente de Facebook asegura que su red ofrece más control de la privacidad que muchos otros rincones de este mundo feliz. Algo de razón tienen. En comparación con los reporteros de los diarios sensacionalistas británicos que conseguían interceptar los mensajes de móvil de un montón de personas para revelar sus secretos más íntimos, solo con el fin de vender más periódicos, Facebook es un virtuoso sacerdote protector del secreto de confesión. Pero, en el pasado, algunas de sus características -y el uso que la gente ha hecho de ellas- han contribuido a la erosión de la intimidad, y todavía dejan mucho que desear.

Existe un tópico ya muy trillado que dice que "a la generación de Facebook ya no le interesa mucho la intimidad". Por supuesto que las normas cambian de una generación a otra, pero da la impresión de que lo que verdaderamente ha ocurrido es que la gente se lanzó con entusiasmo a esta nueva experiencia y ahora, unos años después, a veces está horrorizada por las consecuencias. En su nuevo libro The Facebook Effect, David Kirkpatrick informa sobre una encuesta realizada en 2009 entre empresarios estadounidenses; en ella se revela que el 35% de las empresas ha rechazado solicitudes de trabajo debido a informaciones encontradas en las redes sociales. ¡La tercera parte! Nadie va a convencerme de que a "la generación de Facebook" le parece bien eso.

Facebook asegura que sus controles de privacidad han mejorado y que cada uno puede establecer su propio nivel. Es decisión suya. En teoría eso está bien, pero ¿y en la práctica? Acabo de intentar crear una cuenta desde cero y no me parece que la configuración de privacidad sea, ni mucho menos, como debería ser. En principio está preparada para compartir todo, incluida, por ejemplo, una búsqueda automática de la libreta de direcciones de correo electrónico (para encontrar a posibles amigos) en el momento de registrarse. Se tarda bastante en personalizar todas las pestañas hasta llegar a una configuración más restrictiva. Es muy fácil no ver detalles en letra pequeña como la "personalización instantánea" que da acceso a "algunos sitios web de socios seleccionados... en cuanto llegue", y para desactivar esa conexión hay que pasar a otra página (Aplicaciones y sitios web). Incluso después de desactivar la búsqueda automática de mi libreta de direcciones, Facebook me propuso inmediatamente una larga lista de amigos posibles y "gente a la que conoce": muchos a los que sí conozco (uno de mis hijos, por ejemplo; les agradezco que me lo presenten), pero algunos de los que no he oído hablar jamás.

El hecho de que, al configurar el perfil, las opciones estén activadas desde el principio y haya que ir desactivándolas una a una, en lugar de lo contrario, ha sido criticado por un antiguo encargado de la privacidad en Facebook que ahora es nada menos que candidato a fiscal general de California.

En general, es preocupante la erosión de la intimidad en numerosos frentes durante los últimos años. La culpa es de tres grandes fuerzas. Está la tecnología en sí, que permite seguir la pista de una vida entera y de cualquier persona con una precisión instantánea ante la que a un general de la Stasi se le haría la boca agua. Luego está la búsqueda de beneficios, que hace que las empresas hagan un seguimiento cada vez más detallado de los gustos y costumbres de sus clientes, para personalizar la publicidad. Y por último están los Gobiernos, que encuentran maneras de hacerse con muchos de esos datos, además de reunir montañas de ellos en sus propios servidores.

Por ejemplo, existen imágenes detalladas de nuestras casas en Google Earth y Google Street View para que cualquiera -voyeur, acosador, ladrón, terrorista- las examine a sus anchas. Nuestros smartphones permiten localizarnos. Nuestra búsqueda en Google es la historia íntima de nuestra vida. Los bancos y las constructoras tienen acceso sin problemas a nuestro historial de crédito. Y los Gobiernos británico y estadounidense se han arrogado -en nombre de la "seguridad"- el poder de supervisar todo, incluidos nuestros correos electrónicos y nuestras llamadas de móvil.

Supongo que podríamos resignarnos y aceptar que el mundo actual es así. "La privacidad ha muerto. Acostúmbrate", como aconsejó en una ocasión, al parecer, Scott McNealy, cofundador de Sun Microsystems. O bien podemos defendernos, intentar recuperar parte de nuestra intimidad perdida. Podemos hacerlo fijando nuestras propias normas y compartiéndolas con otros. Podemos hacerlo ejerciendo presión sobre empresas como Facebook, cuya fuente de ingresos, al fin y al cabo, somos nosotros. También podemos exigir a nuestros Gobiernos tres cosas: que frenen sus intromisiones en nuestra intimidad; que regulen mejor a las empresas entrometidas; y que castiguen las infracciones particulares como la que empujó a Tyler Clementi a quitarse la vida. Las mismas tecnologías de redes que reducen nuestra privacidad pueden también ayudarnos a defendernos. A diferencia de la película, es una labor árida, lenta y aburrida; pero nuestras libertades futuras dependen de ella.

Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Fuente "El País" de España.







domingo, 28 de marzo de 2010

Lucha de poder en Internet


Fuente El País de España.

TRIBUNA: TIMOTHY GARTON ASH

La batalla de Google contra China es una historia que define nuestra época. Como si fuera un león ante un cocodrilo, el poder blando mundial de la empresa estadounidense de Internet se enfrenta al poder duro territorial del Estado chino, en un choque al que contribuyen la mayor revolución en la tecnología de la información desde que Johannes Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles en el siglo XV y la mayor transferencia mundial de poder desde la ascensión geopolítica de Occidente, que algunos historiadores sitúan también en el siglo XV. Lo que es indudable es esto: tardaremos en ver un claro ganador.

Después de la decisión de Google de abandonar la censura y trasladar su buscador en chino a Hong Kong, es posible que los internautas chinos salgan perdiendo a corto plazo. Aunque todavía es pronto para decirlo, parece que, al acceder ahora al servidor de Hong Kong desde el resto de China, pueden quedar bloqueados por el gran cortafuegos más elementos políticamente delicados de los que excluía la censura que Google aceptó durante cuatro años, los que estuvo ofreciendo google.cn de acuerdo con las normas chinas. Si las autoridades chinas intensifican esta disputa hasta llegar a bloquear todo el buscador, sus internautas empeorarían su situación; pero tal vez sería sólo una pérdida inmediata.

Porque la enorme publicidad creada por este debate debe de haber puesto a más de los casi 400 millones de usuarios de Internet en China en alerta sobre cómo se tergiversan sus búsquedas, debido a la combinación de la censura directa del Estado monopartidista y la autocensura de los proveedores de información que trabajan dentro de los límites del cortafuegos. No hay más que ver la comparación que hacía el miércoles The Guardian de los resultados de búsqueda para palabras como "Dalai Lama", "Falun Gong" y "Liu Xiaobo" (el disidente encarcelado) en los principales buscadores en lengua china, incluido el muy autocensurado yahoo.cn. En los sitios censurados, no se sabe qué es lo que nos quedamos sin saber. Los resultados obtenidos son seguramente parciales o falsos.

Es muy importante que la gente se dé cuenta de lo distorsionada que está la información que les llega a través de un medio que parece libre. Rebecca MacKinnon, destacada periodista que escribe sobre Internet en China, lo explica así: "Si uno nace con orejeras cree que es lo normal, hasta que se entera de que la vida sin orejeras es posible y mucho mejor. Cuanto más tiempo ocupe los titulares este asunto, más comprenderá la gente que ha vivido con orejeras y pensará en formas de eliminarlas".

Lo que dice parte de dos hipótesis optimistas. Una es que a la gente le preocupa que unos me

-dios tendenciosos confirmen sus prejuicios políticos nacionales. Lo que oímos desde aquí son las protestas de una valiente y ruidosa minoría de internautas chinos, pero, ¿y si resulta que muchos usuarios están contentos con tener filtros patrióticos, puritanos e ideológicos que controlen la información que reciben? ¿Y si esos internautas son el equivalente chino de los fans de Fox News? Porque lo que dicen los seguidores de Fox News en Estados Unidos es: "¿Orejeras? ¡Sí, por favor! ¿Información parcial y tendenciosa? ¡Nos encanta que sea así!". La imparcialidad tipo BBC está perdiendo la batalla ante los sesgos tendenciosos en los medios de comunicación de gran parte del mundo democrático.

Por supuesto, la diferencia crucial respecto a China es que los estadounidenses tienen capacidad de elegir. Pueden pasar a la CNN con sólo apretar el mando, mientras que los chinos, en general, no. Sólo podremos saber -y sólo podrán saber ellos- lo que escogerían cuando tengan la posibilidad de hacerlo.

La otra hipótesis optimista de MacKinnon es que "es posible" escapar de esas orejeras y adquirir esa capacidad de elección. Es frecuente, sobre todo en Estados Unidos, justificar este optimismo por los progresos en tecnología; pero el efecto liberador de las tecnologías de la información en los regímenes autoritarios no es automático. Es cierto que los blogueros y disidentes de Teherán y Pekín celebran las oportunidades que les ofrecen, pero los regímenes autoritarios como Rusia y China se las han arreglado bastante bien hasta ahora para controlar Internet e incluso utilizarlo contra sus detractores. Hace unos años, el activista chino de los derechos humanos Liu Xiaobo escribió un texto conmovedor sobre las oportunidades que ponía Internet a su alcance. Hoy, Liu Xiaobo está en prisión: el segundo asalto del viejo poder del Estado territorial. Pero esa medida le sale muy cara al Estado, y la siguiente generación de tecnologías de la información y la comunicación, incluidas las destinadas a sortear los cortafuegos, aumentará todavía más los costes de mantener el control. Estamos, por así decir, en una carrera de armamento digital.

En este gran juego de principios del siglo XXI, hay tres clases de jugadores: Estados, empresas e internautas. Los Estados autoritarios no son los únicos que tienen problemas con la libertad de información; también los tienen los democráticos. Incluso empresas como Google, Yahoo y Microsoft se cuestionan cómo seleccionar, administrar y vender todos los recursos de información de que disponen. No tengo más remedio que preguntarme qué habría hecho Google en China si uno de sus fundadores, Sergei Brin, no hubiera pasado su infancia en la Unión Soviética. Y Microsoft podría tener una posición moral mejor si Bill Gates se hubiera criado, por ejemplo, en Polonia.

Los internautas, en todas partes, tenemos múltiples identidades: somos individuos, ciudadanos y residentes de un Estado concreto (o dos), usuarios de plataformas y productos determinados. También somos seres humanos con unas posibilidades sin precedentes de comunicarnos directamente con otras personas y, por tanto, de desarrollar el espíritu -que no la realidad legal- de ser "ciudadanos del mundo".Si reflexionamos sobre cómo se nos suministra la información, creo que tenemos cuatro posibles formas de enfocarlo:

  1. (1) El Estado en el que vivo decide lo que puedo y no puedo ver, y me parece bien.

  2. (2) Los grandes proveedores que utilizo (Google, Yahoo, Baidu, Microsoft, Apple, China Mobile, etcétera) seleccionan lo que veo, y me parece bien.

  3. (3) Quiero tener libertad para ver lo que desee. Noticias sin censurar de cualquier parte, toda la literatura mundial, manifiestos de todos los partidos y movimientos, propaganda yihadista, instrucciones para fabricar bombas, detalles íntimos sobre las vidas privadas de otras personas, pornografía infantil: todo debería estar disponible. Y yo debo ser quien decida lo que quiero ver (ésta es la opción libertaria radical).

  4. (4) Todos deben tener libertad para ver todo, salvo una serie determinada de cosas que se especifiquen en unas normas mundiales, claras y explícitas. Luego, los Estados, las empresas y los internautas tendrán que hacer respetar esas normas internacionales.

Hoy tenemos una mezcla de (1) y (2). Los avances tecnológicos nos van a permitir contar cada vez con más (3), nos guste o no. Por ahora, (4) parece un sueño. Sin embargo, es a lo que deberíamos aspirar. La infoesfera es el ámbito en el que el mundo está acercándose más y más deprisa a convertirse en la aldea global, de modo que es lo que con más urgencia necesita un debate mundial sobre las normas que deben regir esa aldea. Si no llevamos a cabo ese debate, y pronto, lo que veamos en nuestras pantallas será resultado de una lucha de poder entre el viejo poder del Estado en el que viva cada uno y el nuevo poder de los gigantes de Internet, la fuerza en alza de las nuevas tecnologías de la información y el ingenio de cada internauta. Es un resultado probable, pero no el mejor.

Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos, ocupa la cátedra Isaiah Berlin en St. Antony's College, Oxford, y es profesor titular de la Hoover Institution, Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.



Me parece que hay una opción que el autor no analiza y que es la que más se parece a la situación vivida en la Argentina, en la opción (2) pone:

" Los grandes proveedores que utilizo (Google, Yahoo, Baidu, Microsoft, Apple, China Mobile, etcétera) seleccionan lo que veo, y me parece bien. "

Pero no aparece en ese listado que no sólo los grandes proveedores seleccionan lo que veo, sino también que las grandes empresas de medios seleccionan lo que se publica.

Ahí podríamos poner otras opciones:

" Los grandes proveedores que utilizo (Google, Yahoo, Baidu, Microsoft, Apple, China Mobile, etcétera) seleccionan lo que veo, y me parece bien. "-Agregado mío, incluyo en esas empresas también a los grandes conglomerados de medios del tipo Clarín y me sigue pareciendo bien.


O que no me parezca bien que, además de los grandes proveedores, los conglomerados de medios decican qué puedo leer y qué no.

Es curioso que el amigo Timothy no incluya a los posibles monopolios de medios como posibles censuradores también...¿Será que teme que no le publiquen alguna nueva nota si pone algo así?

De todas maneras en todos los lugares que se habla de Google y China queda claro que Google se autocensuraba para poder entrar en el mercado chino...
O sea que aquella afirmación de nuestra presidente de que con Google y otras empresas no hubieran existido desaparecidos en la Argentina queda algo difícil de sostener....