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viernes, 30 de julio de 2010

Conocimiento privado-El saber es para todos en la medida en que sea inofensivo

Robert B. Laughlin recibiendo el Nobel de Física

Fuente Diario La Nación.

PALO ALTO, CALIFORNIA.- Desde pequeños sabemos que el conocimiento es algo hermoso que cada persona tiene la libertad de utilizar como le venga en gana siempre que tenga la paciencia necesaria para leer y pensar. En parte, la idea viene de nuestros padres, que nunca dejan de inventar razones para que estudiemos más y nos destaquemos en los exámenes, pero también es una conclusión a la que llegamos por nuestra cuenta. La mayoría de nosotros entiende, en nuestros primeros años de adultez, que la capacidad de razonar y de comprender es natural, humana y que nos pertenece por derecho propio.

Lamentablemente, la conclusión es errónea. Si bien hay algo de información disponible en la escuela, donde nos la ofrecen, a veces por la fuerza, sin pedir nada a cambio, el conocimiento más valioso en términos económicos es de propiedad privada y es secreto. Los dueños de ese conocimiento no quieren hacerlo público y, ciertamente, no quieren que el Estado le dé dinero a nadie para que lo descubra.

Las personas suelen tener problemas para hablar de este tema; en lugar de profundizar en él, suelen sonreír y repetir que la educación es sagrada y que las diversas formas de ocultar información son detestables, pero que no forman parte de una conspiración. Después desvían el tema de conversación y sugieren que quien piensa distinto está paranoico. La negación refleja una actitud muy irresponsable: se trata de la criminalización del conocimiento. Es algo sobre lo que debemos reflexionar, dado que hoy vivimos en la era de la información, una época en la que, en ciertas circunstancias, el acceso al conocimiento es más importante que el acceso a los medios físicos.

Los intentos, cada vez más tenaces, de gobiernos, corporaciones e individuos por evitar que sus rivales sepan ciertas cosas que ellos sí saben ha llevado a un crecimiento insospechado de los derechos de propiedad intelectual y al fortalecimiento del poder estatal para decidir acerca de la confidencialidad de la información.

La interpretación conservadora de la invención como un robo refleja la creciente ambigüedad existente en la sociedad acerca del poder de la tecnología. Admiramos al joven genio que, en un impetuoso acto racional, aclara la confusión y realiza un glorioso aporte al conocimiento. Pero también tenemos miedo de la manipulación genética, la guerra nuclear, el secuestro de aviones por parte de terroristas o la relocalización laboral que ese nuevo saber puede tener como consecuencia.

Incapaces de decidir qué es más importante para nosotros, catalogamos la contribución genial como delito según principios que cambian con el tiempo y que el joven no conocía en el momento de realizar su trabajo. Así, este genio es como el soldado que toma decisiones valientes en el campo de batalla sin saber si por ellas recibirá una condecoración o deberá presentarse ante la corte marcial. Hay mucho en riesgo.

El conocimiento es peligroso. Nos gustaría que no fuese así. Tendemos a sentirnos más seguros que nuestros antepasados porque sabemos más que ellos, pero eso es un engaño.

Nuestras casas, los lugares de trabajo y los entornos sociales en los que nos movemos están plagados de tecnologías potencialmente peligrosas que, no sin dificultad, logramos mantener bajo control. La tarea de evitar los distintos tipos de accidentes que pueden ocurrir se hace más pesada cada día. Las preocupaciones que nos imponen quienes saben cosas importantes que nosotros desconocemos se concretan más rápido que nuestra capacidad para manejar sus inventos.

Lejos de ser infrecuente, en la vida moderna el conocimiento peligroso está por todas partes. La gran cantidad de conocimiento peligroso que nos acompaña no es una casualidad ni producto de una conspiración demoníaca, sino un efecto secundario de la actividad económica. A medida que el hombre aprende a hacerse camino en el mundo, automáticamente adquiere un poder destructivo que afecta a los objetos y a los demás hombres. Es imposible ilegalizar ese poder, porque generar valor para otro implica manipular el entorno de maneras que los demás desconocen.

Si queremos podemos adquirir conocimiento que no sea peligroso: números telefónicos, formas de granos de arena, etc., pero pronto nos quedaremos sin trabajo. Todo el mundo lo sabe: si queremos sobrevivir tenemos que adquirir un conocimiento que nos confiera algún poder, es decir, que sea potencialmente peligroso. Es eso lo que los demás necesitan de nosotros.

La triste realidad es que evitar la generación de conocimiento peligroso es algo poco práctico. El conocimiento es muy útil y, en cualquier caso, se lo genera en privado con fines industriales o militares específicos, por lo cual no está completamente bajo el control popular. Los científicos que trabajan en la esfera pública suelen presumir de cuán peligrosos pueden llegar a ser, pero la verdad es que normalmente no lo son. Los científicos sin dinero no son muy peligrosos. Entonces, mientras los críticos fantasean con detener la producción de conocimiento, hay personas más responsables que se dedican a pensar en la historia, la economía, el interés personal y las estrategias posibles. Es como el impacto de un cometa contra la Tierra. Fantasear con prohibir los cometas no le hace mal a nadie, pero sería mejor idea pensar en cómo son de verdad los cometas, evaluar la amenaza que representan y considerar qué es posible hacer si se produce un choque contra nuestro planeta..

La idea de que la adquisición de conocimiento pueda considerarse ilegal ni siquiera se les ocurriría a la mayoría de las personas; es más, en principio les parecería ridícula. Pero, aunque no lo digamos, los hechos revelan que nos preocupa mucho el poder que da el conocimiento.

Nuestros actos también revelan una lamentable ambivalencia respecto de la libertad intelectual. Muchos menospreciamos la investigación en el campo de la técnica como algo vil, sin tener en cuenta quién la realiza ni cuáles son sus motivaciones. Muchos aplaudimos cuando desde los editoriales de los diarios se alienta la restricción del acceso al conocimiento peligroso. Normalmente justificamos este aplauso consciente asegurando que el conocimiento técnico difiere del conocimiento no técnico y sosteniendo que mientras que el primero es una amenaza, el segundo no lo es. Sin embargo, la distinción que hacemos, en realidad, es entre el conocimiento que confiere poder y el que no lo confiere.

El saber que no convierte a su poseedor en poderoso es benigno y también suele no ser importante. Entonces, la triste realidad es que la mayoría de nosotros no piensa que la penalización del conocimiento sea un problema. Ahora bien, cuando se trata de nuestro derecho de aprender, el panorama es distinto. No sólo nos parece correcto aprender y educar a nuestros hijos como nos venga en gana, sino que creemos que tenemos la obligación de hacerlo y que es nuestro deber enseñarles a nuestros hijos a continuar con la misma actitud combativa.

La actitud ambivalente con respecto a la penalización del conocimiento revela un profundo conflicto entre la estabilidad y la seguridad económica, por un lado, y los derechos humanos, por otro, conflicto para el que no hemos encontrado solución ni en nuestra mente ni en la sociedad. Exigimos que se respeten los principios de propiedad en nombre del bienestar económico y que se aplique la censura estatal en nombre de la seguridad. Al mismo tiempo, sabemos que limitar el acceso de una persona joven al conocimiento, en especial cuando esa persona es de origen humilde, es inmoral.

La penalización del conocimiento pone en peligro nuestras tradiciones culturales creativas. Degradar a los técnicos de modo que pasen de la categoría de héroes de Internet a la de ladrones y espías que amenazan a la economía y al Estado con su capacidad de cometer delitos intelectuales tendrá sus consecuencias. Lo que está cambiando es la economía del intelecto, las tradiciones por las que una persona se beneficia materialmente gracias a la creatividad, el conflicto entre las actividades intelectuales, por un lado, y las leyes de propiedad intelectual y la seguridad nacional, por otro, los fuertes incentivos a la creación de conocimiento desechable, el costo cada vez mayor que implica localizar el conocimiento relevante en un enorme río de basura. Frente a nuestras propias narices, la edad de la razón está siendo desplazada de su nicho ecológico por la economía del conocimiento, un término cargado de ironía para una época en la que lo que se promueve es la escasez de conocimiento. ©LA NACION

El autor obtuvo en 1998 el Premio Nobel de Física, junto con Horst L, Stôrmer y Daniel C. Tsui, por su explicación del efecto Hall cuántico.

Fuente Diario La Nación.


De uno de los comentarios en el diario La Nación:

"Me sorprendió negativamente la nota del Dr. R.B.Laughlin. Contiene afirmaciones muy discutibles. La primera es negar la capacidad del hombre (compartida por algunos animales superiores) de adquirir por sí mismo conocimientos, aplicarlos y transmitirlos. Aparentemente el autor se está refiriendo a la propiedad intelectual, que sí es un tema legal discutible. El segundo error es considerar: “El conocimiento es peligroso” una generalización que me parece inaceptable. Conocer la conveniencia de la higiene durante los partos o las propiedades de la penicilina ha salvado miles, millones de vidas. Me parece que lo que el autor esta intentando criticar es el patentamiento de conocimientos y desarrollos tecnológicos por las universidades y su empleo monopólico por grandes corporaciones que no infrecuentemente los usan mercantilmente aunque puedan provocar más mal que bien."

viernes, 16 de abril de 2010

El hermano civilizado-Por Juan Forn

Fuente Página 12.
Por Juan Forn

Cuando murió William Faulkner, su hermano menor escribió un libro sobre él, que empieza así: “La muerte de Bill tuvo lugar una noche de verano que podría haber salido de su novela Luz de agosto, sólo que fue en julio”. La chambonada, que da un poco de risa y un poco de compasión a la vez, resume en una cápsula la historia de todos los hermanos menores que siguen los pasos de su hermano mayor artista. La gran diferencia en el caso de John Faulkner es que él no quiso ser escritor desde la infancia, ni durante la adolescencia, ni siquiera en su juventud, sino cuando ya era un hombre hecho y derecho que rondaba los cuarenta, y para entonces llevaba casi veinte años trabajando para su hermano famoso, primero como piloto de un avión que Faulkner había comprado para divertirse y después como capataz de una granja que su hermano adquirió con dinero traído de Hollywood (y quiso poblar de mulas porque no le gustaban ni las vacas ni la siembra). Hay que hacer, sin embargo, la siguiente salvedad: en ambos casos, el pequeño John terminó superando a su hermano mayor. Llegó a ser piloto comercial de una aerolínea regional y luego salvó la granja de Faulkner de ser otra de las catastróficas empresas comerciales en las que dilapidaba el dinero que ganaba como guionista de la MGM. Es que el pequeño John padeció desde chico una confusión que haría las delicias de un psicoanalista: como él cumplía años el 24 de septiembre y William el 25, estuvo convencido toda su infancia de que él era mayor.

Como dijo el propio Faulkner: “La gente se cree cualquier cosa en el Sur, si suena lo suficientemente bizarra”. Vaya a saberse si le sonaba lo suficientemente bizarro el despertar de la vocación literaria de su hermano menor, que ocurrió así: la esposa de John lo escuchó contar cuentos para dormir al hijo menor de ambos, Chooky, y le dijo que valía la pena ponerlos por escrito; al menos eran más comprensibles que “esas cosas raras que escribe tu hermano Bill”. John tipeó uno a máquina y se lo llevó a su madre. Mamá Faulkner era todo un personaje: después de enviudar relativamente joven, dedicaba todo el día a leer y pintar, sola en su casa, que quedaba exactamente a mitad de camino de las casas de sus dos hijos (había otros dos hermanos Faulkner, pero uno se mató muy joven en un accidente de aviación, y el otro dejó el Sur para hacerse agente del FBI, de manera que no cuentan en esta historia). Mamá Faulkner se mantenía sola vendiendo los cuadritos que pintaba y no aceptaba que su hijo famoso le pagara ni la cuenta del almacén, pero exigía a cambio que la visitara todos los días (a John le exigía lo mismo). En una de esas visitas, John le mostró el cuento a su madre. Esta se lo pasó a Faulkner y después le anunció a John: “Dice tu hermano que lo vayas a ver”. John llegó a la casa de Faulkner, lo encontró sentado en el porche mirando a la distancia, con el cuento en una mesita junto al sempiterno vaso de bourbon. Sin mirar a su hermano, Faulkner dijo: “Un cuento te lo compran o no. Si te lo rechazan, nunca te pongas a corregirlo. Escribe otro y tendrás dos para mandar a otras revistas. Si te los rechazan, escribe otro y tendrás tres para mandar. Nadie puede ayudarte a publicar un cuento. Una novela es otra cosa. Si escribes una, yo me encargo”.

John tomó el consejo al pie de la letra y a los seis meses volvió con un paquete bajo el brazo. Qué es eso, preguntó Faulkner. “La novela que me dijiste que me ayudarías a publicar”, contestó John. Faulkner dio uno de sus legendarios tragos de pajarito a su vaso de bourbon (se pasó la vida convencido de que, si bebía a traguitos, no se emborrachaba) y contestó: “OK, se la mandaremos a mi agente literario. Pero yo no la voy a leer”. A los pocos meses llegó una carta de una editorial de Nueva York diciendo que la novela necesitaba ciertos ajustes pero querían publicarla. Faulkner se enfureció porque le habían mandado la carta a él y no a John. No avisó nada a nadie y dejó pasar el tiempo. Los editores creyeron que el hermano menor era tan quisquilloso como el mayor y terminaron publicando el libro tal como estaba. John fue a pedir consejo a su hermano para el viaje a Nueva York, adonde nunca había estado. Faulkner lo recibió otra vez en el porche y le dijo: “Tengo un solo consejo para ti. No le hables a nadie en la calle. Con tu tonada y tu lentitud para hablar, van a creer que eres retrasado y te encerrarán en un asilo. Así que ve, pero no le contestes a nadie que te hable”. Más bien atónito, John fue a contarle a su madre. Ella le dijo: “Es que te dan un anticipo de 500 dólares. A él nunca le dieron más de trescientos, hasta que se filmó Santuario”.

Los años pasan y, una tarde, Mamá Faulkner está leyendo en su mecedora la revista Colliers cuando se topa con un cuento de su hijo mayor cuya trama es un calco (sólo que retorcida a la manera de Faulkner) de aquel que había escrito años antes su hijo menor. Cuando éste llega a visitarla horas más tarde, le tiende el cuento sin palabras. John lo lee, se aclara la garganta y le dice a su madre: “Un escritor nunca sabe de dónde viene lo que escribe. Puede pasarse cuarenta años recogiendo, pieza por pieza, los elementos que conforman una historia. Hay veces en que no sabe que tiene una historia hasta que encuentra la última pieza. Todo lo que sabe es que de repente tiene una historia que contar. No se pone a pensar de dónde sacó cada parte. Una vez que cuajan en una historia no hay manera de diferenciar lo que uno escuchó en un lugar, de lo que vio en otro o lo que leyó en otra parte. Esa es una de las primeras cosas sobre el oficio que hay que entender, me dijo Bill”.

Mamá Faulkner contestó desde su mecedora: “Johnnie, esas mismas palabras me dijo Billie hace años, sólo que usó sin tapujos la palabra robar. Dijo que lo primero que hay que aprender en su oficio es que todo escritor roba sin pudor a otros escritores”. Años más tarde, en el reportaje post Nobel que le hizo el Paris Review, Faulkner se extendería famosamente al respecto: “La única responsabilidad de un escritor es con su arte. Lo que tiene para contar lo impele de tal manera que arrojará todo por la borda en el intento: su orgullo, su honor, su decencia, su seguridad, su felicidad. Incluso si tiene que robarle a su propia madre no va a dudarlo. Una oda de Keats vale más que un puñado de viejitas”.

Mamá Faulkner vivió hasta los 88 años, recibiendo cada día la visita de sus dos hijos y repitiendo a quien quisiera oír que su hijo John era una versión civilizada de su hijo Bill. Para los sureños, seguro: el pequeño John nunca cuestionó la segregación racial como sí hizo, sin pelos en la lengua, su incivilizado hermano mayor. John prefería pensar, como escribe en el triste libro que escribió sobre su hermano, que “el Norte se limita a tratar bien a los negros como raza pero los maltrata como individuos; nosotros quizá los maltratemos como raza, pero los tratamos bien como individuos”. Sólo le faltó agregar: “Cuando son nuestros”, para sonar como un perfecto caballero sureño.